Romance de Aquel Hijo que no tuve Contigo, Rafael De León

El poeta nos presenta ese futuro hipotético por el que describe un niño con los rasgos de la madre y la vitalidad del padre. Él mismo se imagina al pequeño a su lado y con su amada, como una familia, paseando al niño con el traje de marinero. Siente que tendría la fuerza y la alegría de la madre y la imaginación, el mundo interior, un poco melancólico, del poeta. Su infancia estaría llena de diversión y juguetes.

El desea que sea un niño y que nada le impida una infancia como tal. En este momento del poema, hay un Flashback y el poeta nos traslada a cuando el deseo de ser madre comenzó en su amada. En las referencia que hace respecto a este tema, parece que el no están tan ilusionado como ella con ser padre.

Parece que tiene miedo a la maternidad, a ser padre. El acepta el deseo de la amada, pero no lo siente como propio. Ella es feliz y canta y se prepara como madre. El poeta duda y se debate entre la ilusión y el miedo. Aparece una nueva referencia al deseo tener hijos, pero sobre todo desde el punto de vista de la pareja, no de él.

A continuación, pasamos al momento presente y el poeta nos dice que la relación entre ambos terminó y la ilusión, el ajuar, etc., quedó viejo, caduco. La separación fue dolorosa entre ambos. Todas las promesas quedaron en nada y cada uno se casó con otra persona. Todo ese amor que se prometieron también desapareció.

Ella se casó con un hombre de buena posición y a ella la tratan de doña. Su sueño de ser madre fue posible y tuvo tres hijos. Los que en otro momento fueron pareja, se ven y saludan porque se conocen y por educación. Pero ella ya no es la misma y no parece que el verle le ilusiones o le importe.

Sin embargo, el poeta si la ama y la ve como si el tiempo se hubiera detenido en su juventud, junto a ella. Recuerda su belleza, su voz. Al final del poema, hay un recuerdo de ese deseo que tuvieron de tener un hijo juntos. Ahora, que él es mayor, pasa junto a su casa y sabe que, en el fondo, ella hubiera deseado haber tenido un hijo a su lado.


Nota de Susana Marín. Abr. 2015

Poema original: Romance de Aquel Hijo que no tuve Contigo

Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto
con tus ojos y tu boca
y tu piel color de trigo,
pero con un corazón
grande y loco como el mío.
Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo un ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.
Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo,
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto,
y a mí... tal vez que saliera
en lo triste y en lo lírico,
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con cuatro estaciones,
un barco, un pájaro, un nido,
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
¿Te acuerdas de aquella tarde,
bajo el verde de los pinos,
que me dijiste: —¡Qué gloria
cuando tengamos un hijo! ?
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban en tu delirio.
Yo te escuchaba, distante,
entre mis versos perdido,
pero sentí por la espalda
correr un escalofrío...
Y repetí como un eco:
«¡Cuando tengamos un hijo!...»
Tú, entre sueños, ya cantabas
nanas de sierra y tomillo,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones
levantaba un equilibrio
una torre de esperanzas
con un balcón de suspiros.
¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria
cuando tengamos un hijo!
En tu cómoda de cedro
nuestro ajuar se quedó frío,
entre azucena y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes,
qué sin gracia los vestidos,
qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!
Tu velo blanco de novia,
por tu olvido y por mi olvido,
fue un camino de Santiago,
doloroso y amarillo.
Tú te has casado con otro,
yo con otra hice lo mismo;
juramentos y palabras
están secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.
Ahora bajas al paseo,
rodeada de tus hijos,
dando el brazo a... la levita
que se pone tu marido.
Te llaman doña Manuela,
llevas guantes y abanico,
y tres papadas te cortan
en la garganta el suspiro.
Nos saludamos de lejos,
como dos desconocidos;
tu marido sube y baja
la chistera; yo me inclino,
y tú sonríes sin gana,
de un modo triste y ridículo.
Pero yo no me doy cuenta
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio.
Y te veo como entonces,
con tu cintura de lirio,
un jazmín entre los dientes,
de color como el del trigo
y aquella voz que decía:
«¡Cuando tengamos un hijo!...»
Y en esas tardes de lluvia,
cuando mueves los bolillos,
y yo paso por tu calle
con mi pena y con mi libro
dices, temblando, entre dientes,
arropada en los visillos:
«¡Ay, si yo con ese hombre
hubiera tenido un hijo!...»