Retrato de Mujer, Gonzalo Rojas

El poeta se ha separado de su mujer. Ella se siente libre, por lo que intuimos que la separación ha sido por causa de él. El poeta la llama por teléfono, pero no es capaz de hablar. Eso a ella le duele y se niega a seguir el juego. Corta la llamada, cuelga y esta acción es ese tajo imaginario que traza.

El poeta quiere hablarle pero se queda sin palabras cuando la llama. Cada vez que lo hace ocurre lo mismo. Ella sabe quién es y lo que quiere decir, pero calla porque no le quiere escuchar. El poeta desea que le olvide y se vaya sin su recuerdo. El rostro de ella llevará la marca, las cicatrices de lo vivido, de lo ocurrido. Siente que ella, la mujer que amó, haya sufrido por su culpa.

Para el, ella es su idea de belleza y tiene los rasgos de una diosa y siente que tiene poderes que no son humanos. Éste retrato que hace el poeta es un último regalo. Es consciente de que no volverá jamás a su lado, que nunca volverán a estar juntos. Este es un poema en el que expresa todo lo que significado su amada, la que fue su esposa, su vida.

Estamos ante un poema en el que el dolor impregna cada verso que está escrito. En este caso, podemos apreciar la culpabilidad del poeta por haber sido el causante de que su amada, su mujer, lo haya abandonado. En ningún caso se nos indica que es lo que ocurrido para que ella se marche y, sobre todo, para que se sienta libre. Sin embargo, la culpa aflige al poeta en todo momento.

A diferencia de otros poemas, el poeta acepta la decisión de la mujer, aunque intenta tener algún tipo de relación con ella, siendo conscientes de que no volverán a estar juntos. Lo que ha hecho es tan significativo que le impide poder expresarse delante de ella y, cuando lo hace por teléfono, hay un bloqueo emocional que le impide también hablar. Volvemos a reiterar que ignoramos qué ha ocurrido. Aun así, el poeta la ama y sabe que ha perdido a la mujer de su vida.


Nota de Susana Marín. Abr. 2015

Poema original: Retrato de Mujer

Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
con la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.

Te juré no escribirte. Por eso estoy llamándote en el aire
para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que no me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.

Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela en tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.

Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí mujer, te dejo tu figura.