Contra la Muerte, Gonzalo Rojas

La visión de la muerte para el poeta es fantasmagórica. Quiere ser insensible, no tomar parte por nadie sólo por el hecho de ser más conocido, ganar más o ser alguien reconocible. Para el, la única verdad es la palabra que llega al lector o la de quien quiera escucharle.

Cuando deseamos lo imposible, al final no se tiene nada. Lo mejor es contar con lo que tenemos y tener así esperanza. El poeta se siente mayor y, además, es consciente de que parte de su vida es rutinaria. Su vida, como la de todos, acabará en una tumba, en la tierra.

El poeta no siente dolor, pero sufre cuando la muerte se presenta cerca suya y sólo quedan cajones que vaciar una y otra vez. El amor es esencial para el poeta y la mujer la representación de ese amor. Se siente joven en brazos de la mujer, pero sabe que la muerte llega pronto. No necesita ni desea saber más de religión o épocas pasadas porque él sólo desea vivir.

Cuando acabamos de leer este poema somos conscientes de la importancia que tiene para el autor, y otros muchos de autores poéticos, la vida y, por extensión, la muerte. En este caso estamos ante una persona en la última etapa de su vida, que es consciente de que le queda poco para que la muerte llegue para buscarlo y, al mismo tiempo, reconoce que la rutina formó parte esencial de su vida.

Sin embargo, al mismo tiempo, parece que en esa etapa final de su vida también ha encontrado el amor, la persona que le llena y es precisamente esto lo que hace que no quiera morirse. Quiere vivir, quiere dejar atrás esta etapa rutinaria y buscar otro camino vital que llenar de experiencias junto a ella, algo que entendemos será bastante complicado por la edad que tiene.

También entendemos que en su creación literaria buscaba únicamente el reconocimiento del lector y no el tener más o menos posesiones materiales o creer más o menos en Dios. Al mismo tiempo, el amor es algo que también forma parte esencial de su vida y es algo a lo que no desea renunciar.


Nota de Susana Marín. Abr. 2015

Poema original: Contra la Muerte

Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa.
No quiero ver ¡no puedo! ver morir a los hombres cada día.
Prefiero ser de piedra, estar oscuro,
a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír
a diestra y siniestra con tal de prosperar en mi negocio.

No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad
en mitad de la calle y hacia todos los vientos:
la verdad de estar vivo, únicamente vivo,
con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo.

¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras máquinas
a la velocidad del pensamiento, demonios: qué sacamos
con volar más allá del infinito
si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir
fuera del tiempo oscuro?

Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada.
Pero respiro, y como, y hasta duermo
pensando que me faltan unos diez o veinte años para irme
de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento allá abajo.

No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser,
pero no puedo ver cajones y cajones
pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto
llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver
todavía caliente la sangre en los cajones.

Toco esta rosa, beso sus pétalos, adoro
la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento
de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,
porque yo mismo soy una cabeza inútil
lista para cortar, pero no entender qué es eso
de esperar otro mundo de este mundo.

Me hablan del Dios o me hablan de la Historia. Me río
de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre
que me devora, el hambre de vivir como el sol
en la gracia del aire, eternamente.