Razones y paisajes de amor, Alfonsina Storni

La poeta Alfonsina Storni nos sigo ofreciendo, como en varios de sus poemas anteriores, una visión del amor muy personal. Sino negativa, sí con un punto de desengaño, reproche, etc. Es una visión oscura del amor, como si éste fuera algo que se usa para hacer daño y no para despertar los mejores sentimientos del ser humano.

Divide este poema en tres partes, sonetos que son como una evolución: un inicio o nacimiento, un desarrollo o vida y la tercera parte nos apunta más hacia un final relacionado con la muerte. En la primera parte de este poema, a través de un soneto, se nos habla de cómo el hombre utiliza el amor.

La primera estrofa, el hombre engaña a la mujer a través de palabras, artimañas para conseguir convencerla de que es cierto lo que siente. En la siguiente estrofa, una vez que el hombre consigue, este lo que quiere es dejar de sentir ese «amor», sobre todo cuando la mujer desea que corresponda a sus sentimientos y, cuanto más lo pregunta, el hombre más se aleja.

Esta idea continúa en el primer terceto y se reafirma en el segundo terceto cuando la visión de esta, al darse cuenta del engaño, es negativa, oscura, gris y aparece la primera imagen o a la muerte.

En la segunda parte, Obra de amor, aunque la mujer tenga referencias de lo negativo que puede ser enamorarse, ese espino del que habla el poeta, prefiere ver la belleza de lo que nos rodea. La ilusión, es el océano que la rodea, es el mayor tesoro que pueda tener y, en muchas ocasiones, puede querer ver o escuchar lo que no existe y lo que no se ha dicho.

El amor todo lo puede, es capaz de hacernos sentir la persona más feliz del mundo bajo un eterno sol cálido que ilumine nuestro camino. Sin embargo, en el primer terceto se nos vuelve a indicar que esa sensación real es una ficción y, en cualquier momento, todo desaparece, la noche se cierne sobre ese amor. En el segundo terceto vuelve otra vez esa imagen lúgubre, mortuoria en el que aparecen el polvo como símbolo de las cenizas.

La última parte del poema, el último soneto, ya nos marca el camino, la temática en el título. El sol, el amor ha desaparecido, se ha marchado o no ha sido correspondido. El resultado es la soledad, el frío, las lágrimas.

En el segundo cuarteto esa mujer siente deseos de morir, de desaparecer. Esta idea continúa en el primer terceto en el que el cuerpo, cuando hay un desamor, pierde su fuerza y sólo desea resignarse, dejarse arrastrar y descansar, morirse de amor.

En el último terceto, se nos presenta una imagen cadavérica de la mujer, casi sin fuerzas, esquelética, en la que hay una imagen muy potente por la muerte rodea física y psicológicamente a esta persona, cuyo camino sólo tiene un punto final, la muerte por o de amor.


Nota de Susana Marín. Abr. 2014

Poema original: Razones y paisajes de amor

I
AMOR

Baja del cielo la endiablada punta
Con que carne mortal hieres y engañas.
Untada viene de divinas mañas
y cielo y tierra su veneno junta.

La sangre de hombre que en la herida apunta
florece en selvas: sus crecidas cañas
de sombras de oro, hienden las entrañas
del cielo prieto, y su ascender pregunta.

En su vano aguardar de la respuesta
las cañas doblan la empinada testa.
Flamea el cielo sus azules gasas.

Vientos negros, detrás de los cristales
de las estrellas, mueven grandes masas
de mundos muertos, por sus arrabales.

II
OBRA DE AMOR

Rosas y lirios ves en el espino;
juegas a ser: te cabe en una mano,
esmeralda pequeña, el océano;
hablas sin lengua, enredas el destino.

Plantas la testa en el azul divino
y antípodas, tus pies, en el lejano
revés del mundo; y te haces soberano,
y desatas al sol de tu camino.

Miras el horizonte y tu mirada
hace nacer en noche la alborada;
sueñas y crean hueso tus ficciones.

Muda la mano que te alzaba en vuelo,
y a tus pies cae, cristal roto, el cielo,
y polvo y sombra levan sus talones.

III
PAISAJE DE AMOR MUERTO

Ya te hundes, sol; mis aguas se coloran
de llamaradas por morir; ya cae
mi corazón desenhebrado, y trae,
la noche, filos que en el viento lloran.

Ya en opacas orillas se avizoran
manadas negras; ya mi lengua atrae
betún de muerte; y ya no se distrae
de mí, la espina; y sombras me devoran.

Pellejo muerto, el sol, se tumba al cabo
Como un perro girando sobre el rabo,
la tierra se echa a descansar, cansada.

Mano huesosa apaga los luceros:
Chirrían, pedregosos sus senderos,
con la pupila negra y descarnada.