Era apacible el Día, Rosalía de Castro

La gran poetisa gallega Rosalía de Castro nos presenta un poema en el que nos habla de un día de tormenta, melancólico y, sin embargo, agradable. La poeta está triste pero lo lleva en silencio. Su hijo está enfermo y se muere. La poeta ve que el pequeño, su hijo, su vida, se va de este mundo tranquilo y sin sufrimiento.

Ella, como madre, está desolada como la tormenta. La poeta entierra al niño rápido, antes de que el cuerpo se corrompa. Se da cuenta de que la hierba, el olvido, oculta rápidamente el recuerdo. Critica a quienes acuden a los entierros por interés o chismorreo. No quiere que nadie se recree en la muerte del pequeño. Es consciente, también, de que nadie regresa de la muerte.

La poeta se pregunta si no hay nada más allá después de la muerte, si todo se ha acabado. Para ella, el recuerdo, el amor a su pequeño, es eterno. Siente que está conectada con su hijo más allá de la muerte y que, antes o después, se encontrará con él. Ella es creyente y está asegura que una parte del pequeño, su recuerdo más hermoso, está en su interior.

La unión es tan fuerte con su pequeño que nada, humano o divino, podrá separarlos. Es consciente de que ha muerto y que se ha ido para no volver. El paso del tiempo para el hombre es inexorable y la muerte es algo inevitable, que ocurre antes o después. Hacemos y vivimos para morir, pero lo importante es cómo recorremos nuestro camino vital.

Este gran poema de Rosalía de Castro nos pone frente a la muerte de un ser querido especial, como es la de un niño pequeño, y al mismo tiempo hace pensar al lector acerca de la vida y, quizás lo más importante para la poetisa, en la muerte. En este caso, la muerte no se ve como algo negativo, sino que es un momento al que llegaremos todos, cada uno de nosotros por igual.

Sin embargo, para esta poeta la muerte no es algo negativo, sino que es el paso de nuestra vida a otro lugar mejor, un lugar de encuentro con aquellos seres queridos que echamos en falta, con los que queremos volver a encontrarnos una vez nuestra estancia en la tierra haya terminado. Y eso es lo que desea cuando habla de querer estar nuevamente con su hijo.


Nota de Paulo Altamirano. May. 2015

Poema original: Era apacible el Día

Era apacible el día
Y templado el ambiente,
Y llovía, llovía
Callada y mansamente;
Y mientras silenciosa
Lloraba y yo gemía,
Mi niño, tierna rosa
Durmiendo se moría.
Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!

Tierra sobre el cadáver insepulto
Antes que empiece a corromp-erse... ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
Bien pronto en los terrones removidos
Verde y pujante crecerá la yerba.

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
Torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!...
Jamás el que descansa en el sepulcro
Ha de tornar a amaros ni a ofenderos
¡Jamás! ¿Es verdad que todo
Para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.

Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
Te espera aún con amoroso afán,
Y vendrá o iré yo, bien de mi vida,
Allí donde nos hemos de encontrar.

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
Que no morirá jamás,
Y que Dios, porque es justo y porque es bueno,
A desunir ya nunca volverá.
En el cielo, en la tierra, en lo insondable
Yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.

Mas... es verdad, ha partido
Para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
De un día en este mundo terrenal,
En donde nace, vive y al fin muere
Cual todo nace, vive y muere acá.