A Elena, Edgar Allan Poe

El poeta recuerda a su amada muerta y la imagina en una noche cálida del verano, una noche clara, estrellada e iluminada con la luz de la luna. Todo está en silencio. El ambiente lo llena el aroma, la esencia de las rosas. Por un lado hay una imagen de belleza, de vida y, al mismo tiempo, de muerte porque sólo significa que la flor poco a poco se va apagando, desapareciendo. Es una imagen en la que se mezclan realidad y fantasía.

La amada aparece casi de forma virginal, de blanco y además de ser una aparición muy hermosa, también semeja una imagen mortuoria, de luto frente a un cadáver. De ahí esa nota del poeta respecto a la «luz de perla»: una luz mate, como la piel sin vida. El poeta ha vuelto aquel lugar para recordarla.

Todo está en silencio, excepto los recuerdos del poeta y este se emociona al recordarla junto a él. Al volver a la realidad desaparece el perfume, la felicidad y la música. Sólo queda el recuerdo de la amada. La imagen más recurrente es la mirada, los ojos de pena. La tristeza de su recuerdo le afecta más al tener presente su mirada, se siente observado y oprimido por su presencia en su mente.

El dolor de su pérdida es como una flecha que atraviesa el pecho, disparada por Diana cazadora. En la calle por la que camina todo le recuerda a ella y su mirada están una y otra vez presentes. El poeta es consciente de que su camino vital tendrá como referente importante el recuerdo de la mirada de Elena.

Por un lado notamos el dolor por la pérdida de la amada, que es enorme, y al mismo tiempo, su presencia en sus recuerdos lo calma y atenúan el sufrimiento. Elena no sólo era una gran mujer, pura de corazón, como su mirada, y eso es lo que guarda el poeta como recuerdo en su interior.

Estamos ante un poema en el que la temática se centra en el recuerdo de la amada muerta, persona importante y que ha marcado la vida del poeta. Se centra en el lado amable, en el de extraer lo mejor de las virtudes de Elena y ponerlo sobre la mesa. En este poema vemos claramente como hay una magnificación e idealización de la amada.


Nota de Susana Marín. Ene. 2015

Poema original: A Elena

Te vi a punto.
Era una noche de julio,
noche tibia y perfumada,
noche diáfana...

De la luna plena límpida,
límpida como tu alma,
descendían
sobre el parque adormecido
gráciles velos de plata.

Ni una ráfaga
el infinito silencio
y la quietud perturbaban
en el parque...

Evaporaban las rosas
los perfumes de sus almas
para que los recogieras
en aquella noche mágica;
para que tú los gozases
su último aliento exhalaban
como en una muerte dulce,
como en una muerte lánguida,
y era una selva encantada,
y era una noche divina
llena de místicos sueños
y claridades fantásticas.

Toda de blanco vestida,
toda blanca,
sobre un ramo de violetas
reclinada
te veía
y a las rosas moribundas
y a ti, una luz tenue y diáfana
muy suavemente
alumbraba,
luz de perla diluida
en un éter de suspiros
y de evaporadas lágrimas.

¿Qué hado extraño
(¿fue ventura? ¿fue desgracia?)
me condujo aquella noche
hasta el parque de las rosas
que exhalaban
los suspiros perfumados
de sus almas?

Ni una hoja
susurraba;
no se oía
una pisada;
todo mudo,
todo en sueños,
menos tú y yo
-¡cuál me agito
al unir las dos palabras! --
menos tú y yo...De repente
todo cambia.
¡Oh, el parque de los misterios!
¡Oh, la región encantada!

Todo, todo,
todo cambia.
De la luna la luz límpida
la luz de perla se apaga.
El perfume de las rosas
muere en las dormidas auras.
Los senderos se oscurecen.
Expiran las violas castas.
Menos tú y yo, todo huye,
todo muere,
todo pasa...
Todo se apaga y extingue
menos tus hondas miradas.

¡Tus dos ojos donde arde tu alma!
Y sólo veo entre sombras
aquellos ojos brillantes,
¡oh mi amada! Todo, todo,
todo cambia.

De la luna la luz límpida
la luz de perla se apaga.
El perfume de las rosas
muere en las dormidas auras.
Los senderos se oscurecen.
Expiran las violas castas.
Menos tú y yo, todo huye,
todo muere,
todo pasa...

Todo se apaga y extingue
menos tus hondas miradas.
¡Tus dos ojos donde arde tu alma!
Y sólo veo entre sombras
aquellos ojos brillantes,
¡oh mi amada!

¿Qué tristezas irreales,
qué tristezas extrahumanas!
La luz tibia de esos ojos
leyendas de amor relata.
¡Qué misteriosos dolores,
qué sublimes esperanzas,
qué mudas renunciaciones
expresan aquellos ojos
que en la sombra
fijan en mí su mirada!

Noche oscura. Ya Diana
entre turbios nubarrones,
lentamente,
hundió la faz plateada,
y tú sola
en medio de la avenida,
te deslizas
irreal, mística y blanca,
te deslizas y te alejas incorpórea
cual fantasma...
Sólo flotan tus miradas.
¡Sólo tus ojos perennes,
tus ojos de honda mirada
fijos quedan en mi alma!

A través de los espacios y los tiempos,
marcan,
marcan mi sendero
y no me dejan
cual me dejó la esperanza...
Van siguiéndome, siguiéndome
como dos estrellas cándidas;
cual fijas estrellas dobles
en los cielos apareadas
en la noche solitaria.

Ellos solos purifican
mi alma toda con sus rayos
y mi corazón abrasan,
y me prosterno ante ellos
con adoración extática,
y en el día
no se ocultan
cual se ocultó mi esperanza.

De todas partes me siguen
mirándome fijamente
con sus místicas miradas....
Misteriosas, divinales
me persiguen sus miradas
como dos estrellas fijas...
como dos estrellas tristes,
¡como dos estrellas blancas!