Réquiem, José Hierro

El poema empieza con la esquela de la muerte de la persona de la que va hablar el poeta. Es la historia de la vida de una persona, de un hombre, que se ha hecho asimismo. Su vida parte de un puerto hacia América, con pasaje de tercera y acaba en la funeraria. Parece que su vida no ha significado nada y es uno más que fue América para buscarse un futuro.

No importa lo que hagamos, sea cual sea nuestro trabajo, etc., porque todos acabaremos muriendo. Este réquiem a Manuel del Río es un poema un hombre normal, cuya muerte no fue la de alguien notorio. Su entierro fue sencillo, con misa y con flores de algunos que pudieron conocerlo, pero que ni siquiera parecían ser sus amigos.

Para el poeta, lo peor de la muerte es la soledad, sin nadie que nos llore, sea donde sea, sin haber conseguido nada. Las generaciones anteriores a esta persona que ha muerto, fueron las que crearon la nación que es ahora América. Los españoles hicieron de América lo que es.

Esta persona no vino a buscar aventura y reconocimiento. Este hombre buscaba un futuro y no morir de hambre, por eso dejó España. Murió solo, sin nadie, donde acaban todos los muertos: en la funeraria, donde no importa de dónde seas. Lo esencial, lo único que realmente importa es que has muerto.

Toda la vida de esta persona se reduce a una misa de cuerpo presente. En la última estrofa, el poeta se dirige directamente al lector para que éste conozca la intención del poema: plasmar la muerte de un español, uno entre millones, que muere en América. El hecho de leer la esquela le hizo sufrir porque se dio cuenta de lo solos que estamos en la vida y en la muerte.

Este poema nos habla de lo impersonal que es nuestra sociedad. Lo que antes era una aventura hoy día no significa nada. Únicamente la muerte es lo que nos iguala todos y, al mismo tiempo, nos diferencia. El poeta nos habla en este poema de una persona que podríamos ser cualquiera de nosotros. Nos habla de cómo, si nadie nos recuerda, morimos sin nada, sin nombre, sin que nadie llore por nosotros, sin que nadie guarde un mínimo luto.


Nota de Susana Marín. May. 2015

Poema original: Réquiem

Manuel del Río, natural
de España, ha fallecido el sábado
once de mayo, a consecuencia
de un accidente. Su cadáver
está tendido en D′Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
a las nueve treinta, en St. Francis.

Es una historia que comienza
con sol y piedra, y que termina
sobre una mesa, en D′Agostino,
con flores y cirios eléctricos.
Es una historia que comienza
en una orilla del Atlántico.
Continúa en un camarote
de tercera, sobre las olas
-sobre las nubes- de las tierras
sumergidas ante Platón.
Halla en América su término
con una grúa y una clínica,
con una esquela y una misa
cantada, en la iglesia St. Francis.

Al fin y al cabo, cualquier sitio
da lo mismo para morir:
el que se aroma de romero,
el tallado en piedra, o en nieve,
el empapado de petróleo.
Da lo mismo que un cuerpo se haga
piedra, petróleo, nieve, aroma.
Lo doloroso no es morir
acá o allá...

Requiem aeternam,
Manuel del Río. Sobre el mármol
en D′Agostino, pastan toros
de españa, Manuel, y las flores
(funeral de segunda, caja
que huele a abetos del invierno),
cuarenta dólares. Y han puesto
unas flores artificiales
entre las otras que arrancaron
al jardín... Liberame domine
de morte aeterna... Cuando mueran
James o Jacob verán las flores
que pagaron Giulio o Manuel...

Ahora descienden a tus cumbres
garras de águila. Dies irae.
Lo doloroso no es morir
Dies illa acá o allá,
sino sin gloria...
Tus abuelos
fecundaron la tierra toda,
la empapaban de la aventura.
Cuando caía un español
se mutilaba el universo.
Los velaban no en D′Agostino
Funeral Home, sino entre hogueras,
entre caballos y armas. Héroes
para siempre. Estatuas de rostro
borrado. Vestidos aún
sus colores de papagayo,
de poder y fantasía.

El no ha caído así. No ha muerto
por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino, derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El mundo
Liberame Domine es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dió su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas). Requiem aeternam.
Y en D′Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Requiem aeternam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D′Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado
a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente, sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.