Remordimiento, José Hierro

El poeta busca algo en el cementerio. La luz de la mañana, pasada la tormenta de la noche, se filtra a través de las nubes, ofreciéndonos esa luz brillante y triste en un cementerio. Se nos presenta húmedo, con los reflejos de las tumbas. Está buscando el nombre de la amada sin conseguirlo. Se da cuenta de la pérdida y no siente nada porque cuando ella vivía no estaba a su lado.

Todo lo relacionado con ella vuelve a removerse en su interior. La realidad de la muerte hace que el poeta sea consciente de que no podrá volver a compartir nada con ella, ya sea íntimo o cotidiano. Esto le hace sentir que la amaba más de lo que él pensaba. Y es esa realidad, ahora que ya no está, lo que le provoca ese dolor interior.

El poeta desea revivir esos momentos en los que estaban juntos, pero con más cariño, intimidad. Querría poder expresarle lo que la quería pero con otras palabras, desde el punto de vista masculino. Es consciente de que ha muerto y que por mucho que él desee cambiarlo todo, la vida sucede sin que nos demos cuenta y la muerte llega cuando menos lo esperamos y deseamos. Lo único real es que nacemos para ir muriendo poco a poco.

En esta tercera parte vuelve al momento presente, a la noche en la que ella ya no está. El desea volver atrás y amarla como no lo hizo antes, desde todos los puntos de vista: emocional, físico, etc. Es ahora cuando se da cuenta de quién era ella, de lo que perdió. Siente que el ser humano, el hombre, al final, esta sólo ante la muerte y vive solo. Las personas que conoce se van yendo poco a poco, haciendo que la sensación de soledad aumente.

A partir de la cuarta parte, el poeta siente que divaga y todo lo que piensa no tiene sentido. Piensa en la mujer que ama pero la muerte se la ha llevado y la realidad sacude el interior del poeta. Intenta encontrar aquello que sintió por aquella mujer en otras, pero no lo consigue.

En la quinta parte se dirige al lector y le dice a este dónde y cuándo la enterraron. Querría volver a tenerla su lado. Cuando estaba reconoce que no la conocía y ahora que se ha muerto se da cuenta del equívoco de no haberla conocido más. Ahora ya es tarde y esto le hace sufrir. Al poeta todo esto le provoca dolor en su interior.


Nota de Susana Marín. May. 2015

Poema original: Remordimiento

I

Inútilmente fui
recorriendo senderos
entre mármoles.

Luz
de prodigiosa hondura.
(Toda la noche había
llovido. Al clarear
cesó la lluvia. Nubes
navegaban el cielo;
nubes blancas.)

Inútil
fue recorrer senderos,
buscar tu nombre. Inútil:
no lo hallé.
Y recé una oración
por ti -¿por ti o por mí?
Después te olvidé. Sean
los muertos los que entierran a sus muertos

II

Estaba
tan olvidado todo!
Pero esta noche...

¿Por qué será imposible
verte de nuevo, hablarte,
escucharte, tocarte,
ir -con los mismos cuerpos
y almas que tuvimos,
pero con más amor-
uno al lado del otro...
(Ilusión descuajada
del espacio y del tiempo
lo sé para mi daño.)

Yo te hablaría lo mismo que hablaría,
si yo fuese su dueño
mi verso: con palabras
de cada día, pero
bajo las que sonara
la corriente fluvial
de la ternura.
Como se hablan los hombres,
conteniendo las ganas
de llorar, de decirse
'te quiero'. Sin llorar
ni decirse 'te quiero',
que es cosa de mujeres.

Qué quedaría entonces
de ti, después de tantos
años bajo la tierra.
Dónde hallarte - pensé
aquel día. No estamos
jamás donde morimos
definitivamente,
sino donde morimos
día a día.

III

Pero esta noche...

Te abrazaría, créeme,
te besaría,
te daría calor,
te adoraría. Haría
algo que es más difícil:
tratar de comprenderte.

Y te comprendería
te comprendo ya, créelo.
Nos va enseñando tanto
la vida... Nos enseña
por qué un hombre ve rota
su voluntad, y sueña,
y vive solitario;
por qué va a la deriva
en el témpano errante
arrancado a la costa,
y se deja morir
mientras mira impasible
cómo se hunden los suyos,
la carne de su carne,
su hermoso mundo...

IV

Son líneas sin sentido
éstas que trazo.
Yo mismo no comprendo
qué es lo que dejo en ellas.
Acaso sea música
de mi alma, arrancada
de modo misterioso
por tu mano de muerto.

Tu mano viva.
Yo pensé en ella, pero
era una mano muerta,
una mano enterrada
la que yo perseguía.

Inútilmente fui
buscando aquella mano.
Se estaba convirtiendo
en festín de las flores.
En vaho tibio para
empeñar las estrellas.
En luz malva y errante
que da su son al alba.
Estaría mezclándose
con la tierra materna.
Se hacía mano viva:
lo que es ahora.

V

Te abrazaría, créeme.
Te daría calor.
Te comprendo ya. Entonces
no era tiempo. Fue un día
de septiembre, en Ciriego,
-un cementerio que oye
la mar- el año mil
novecientos cincuenta.

Cuando vivías, eras
un extraño. Aquel día
entre mármoles, fui
buscándote, tratando
de comprenderte. Sólo
esta noche, de modo
inesperado, al fin
he comprendido.

Tarde,
para mi daño.