Hija de Yago, Blas de Otero

España es proa de Europa. Aquí hubo dolor y sangre en su historia. Una tierra rodeada de mar, que baña toda su costa, y donde el sol da su calor todo el año. El poeta nos habla de esa España que fue proa del barco del descubrimiento de América. Es la España de la fe, de la religión represiva y un dios terrible y castigador.

Nos habla de la España de la inquisición y los muertos. El hambre, la guerra, la lucha entre el bien y el mal, enterró a muchos. La guerra civil hizo bandos entre hermanos y que llegasen a matarse, tantos que el nombre no importa, solo el hecho. El poeta es hijo de esa España y desea la paz para ella, el hombre y todo lo que haya en España. La paz es lo más importante.

Estamos ante un poema en el que de una manera muy sutil y muy concentrada, el poeta nos habla de varios momentos históricos que han sido fundamentales en la historia de España y que, al mismo tiempo han provocado muerte, dolor y una gran desolación para la población y para el país.

Por un lado nos habla de una tierra única bañada por el sol y por el mar, un lugar casi paradisíaco, idílico. Sin embargo en este mismo lugar se han dado represiones y guerras durante muchos años. Pero lo que más destaca es esa España conquistadora de las Américas y, al mismo tiempo represora a través de la inquisición.

De la misma forma, nos habla de una guerra civil que separó a familias, que hizo que lucharán hermanos contra hermanos y que, al final de la misma, lo único que quedan son los muertos, un país derrotado, hambriento y deteriorado. Es por ello que el poeta busca un punto de inflexión, busca un punto en el que se parta de la paz y hacer de esta España un lugar mejor, próspero, en el que todos volvamos a hermanarnos y donde las diferencias entre unos y otros desaparezcan y la paz, la felicidad vuelva a ser parte de una sociedad que, en su momento, se rompió.


Nota de Susana Marín. Nov. 2015

Poema original: Hija de Yago

Aquí, proa de Europa preñadamente en punta;
aquí, talón sangrante del bárbaro Occidente;
áspid en piedra viva, que el mar dispersa y junta;
pánica Iberia, silo del sol, haza crujiente.

Tremor de muerte, eterno tremor escarnecido,
ávidamente orzaba la proa hacia otra vida,
en tanto que el talón, en tierra entrometido,
pisaba, horrible, el rostro de América adormida.

¡Santiago y cierra España! Derrostran con las uñas
y con los dientes rezan a un Dios de infierno en ristre,
encielan a sus muertos, entierran las pezuñas
en la más ardua historia que la Historia registre.

Alángeles y arcángeles se juntan contra el hombre.
Y el hambre hace su presa, los túmulos su agosto.
Tres años y cien caños de sangre Abel, sin nombre...
(Insoportablemente terrible es su arregosto.)

Madre y maestra mía, triste, espaciosa España,
he aquí a tu hijo. Úngenos, madre. Haz
habitable tu ámbito. Respirable tu extraña
paz. Para el hombre, Paz. Para el aire, madre, paz.