Basta, Blas de Otero

El poeta expresa su miedo, espanto, al pensar que Dios puede no existir o, de hacerlo, que fuera algo tangible. También piensa en si la muerte sería algo sólo terrenal, un instante sin más lleno de soledad. Si eso fuese así, Dios no tendría sentido y la Iglesia y sus edificios tampoco. Lo único real sería la muerte. El poeta se dirige a Dios para que se muestre de algún modo o desaparezca para siempre.

La existencia de Dios es una temática constante en muchos poetas y en sus versos. Las dudas acerca de su omnipresencia y omnipotencia, hacen que cualquiera de nosotros nos preguntemos si realmente Dios es algo que está cerca nuestra, si existe. Únicamente tenemos la certeza del libre albedrío.

En este poema, lo que se destaca realmente es que el ser humano necesita creer en algo, necesita que su vida tenga sentido y Dios es lo que más sentido puede darle. Creer que algo o alguien ha creado el universo, que vela por nosotros y que, cuando llega la muerte, iremos a un lugar mucho mejor, es algo que hace que el ser humano viva de una forma más serena, tranquila y hace también que su vida tenga sentido.

Saber con certeza que Dios no existe eliminaría de la ecuación un elemento esencial en el pensamiento del ser humano. Es por ello que el poeta se atreve a pedirle, si existe, que dé alguna señal para poder seguir creyendo, para que tener la certeza de que la iglesia y todo lo que rodea a la fe, no es una mentira.

El poeta parece necesitar creer y parece que de lo único que tiene certeza es que la muerte es una etapa inexorable para el ser humano. No podemos escapar de ella y parece que es lo más cercano a Dios. Sin embargo, un Dios equiparable a la muerte tampoco sería positivo y haría que el ser humano tuviera miedo. Es por ello que el tener a alguien que no se puede alcanzar, que no puede ser tangible, que no sabemos quién es y que al mismo tiempo vela por nosotros, es algo más placentero que la muerte.


Nota de Susana Marín. Oct. 2015

Poema original: Basta

Imaginé mi horror por un momento
que Dios, el solo vivo, no existiera,
o que, existiendo, sólo consistiera
en tierra, en agua, en fuego, en sombra, en viento.

Y que la muerte, oh estremecimiento,
fuese el hueco sin luz de una escalera,
un colosal vacío que se hundiera
en un silencio desolado, liento.

Entonces ¿para qué vivir, oh hijos
de madre, a qué vidrieras, crucifijos
y todo lo demás? Basta la muerte.

Basta. Termina, oh Dios, de maltratarnos.
O si no, déjanos precipitarnos
sobre Ti —ronco río que revierte.