El Último Canto, Ismael Enrique Arciniegas

El poeta se nos presenta asimismo como alguien abatido, sufriente. Parece enfermo y, aun así, va a tocar su lira para un canto que parece será el último. Nos presenta un paisaje, un fotograma triste donde todo es abandonado. El poeta quiere marcharse e iniciar un nuevo camino.

No tiene fuerzas y no quiere enfrentar lo que ocurre a su alrededor. Se ha rendido. La fe se ha perdido y el ser humano vuelve a adorar lo material, a ese becerro de oro de antaño. Todos se han vuelto conformistas, nadie lucha y se levanta contra la injusticia. Para el poeta, la poesía agoniza porque ya no tiene público y lectores.

La ilusión de juventud se ha vuelto tristeza y derrota en la madurez. Creyó que la poesía era un camino para llegar a lo que él deseaba, pero la soledad que lo acompañó lo devolvió a la realidad. Toda esperanza se ha desvanecido. Lo banal, lo fácil, lo trivial ha ganado y por eso el poeta decide escribir un último poema en forma de canto.

La poesía muere, según los sentimientos del poeta, importando únicamente el trabajo. La poesía no importa a nadie y a nadie le interesa. El poeta se siente muerto. Termina el poema, el canto, con un sollozo por la pérdida. La belleza de las estrellas cubre de manera poética al poeta. El final es abierto porque no sabemos que es lo que ocurre después ni tenemos información acerca de la reacción de ese público que ha escuchado su canto. Quizás los oyentes seamos los propios lectores.

El poeta se dirige al lector para hablar de cómo la poesía ha pasado se de ser un elemento importante desde el punto de vista social, literario, etc., para ir cayendo poco a poco en el olvido. Ha pasado de ser capaz de movilizar a masas, de conectar con el pueblo y ser parte importante de muchos movimientos políticos, militares, etc., para pasar a ser un elemento casi residual dentro de la literatura. El poeta va cayendo poco a poco en el olvido, va pasando a un segundo término y este poema parece el final de la creación poética del poeta. Sin embargo, esas estrellas que aparecen al final son una señal de que todavía hay esperanza.


Nota de Susana Marín. Abr. 2015

Poema original: El Último Canto

Al través de las brumas y la nieve,
En el rostro el dolor, la vista inquieta,
El pie cansado vacilante mueve...
Allá va, ¿no lo veis? ¡Pobre poeta!

Sobre el herido corazón coloca
La lira meliodosa, y macilento,
Sentado al pie de la desnuda roca,
Así prorrumpe en desmayado acento:

«Ved las hojas marchitas, ved el ave,
Envueltas van en raudo torbellino...
¿A dónde van? ¿A dónde voy? ¡Quién sabe!
¡Yo también soy como ellas peregrino!

»Huyendo voy del tráfago mundano
Con el rostro en las manos escondido.
Mudable y débil corazón humano,
¡Hasta dónde, hasta dónde has descendido!

»Ya a Dios los necios hombres escarnecen
Y alzan al dios del interés loores.
¡Sus almas sin amor ni fe parecen
Nidos sin aves, fuentes sin rumores!

»Jamás la ola aunque con furia luche
Conmoverá las rocas; ¡e imposible
Que el triste grito del alción se escuche
De la tormenta entre el fragor terrible!

»La Poesía morirá en la lucha,
El destino cruel sus horas cuenta;
¡Poetas! vuestros cantos nadie escucha,
¡Sois el alción de la social tormenta!

»Yo vi en mis sueños de poeta un día
De laurel en mi lira una corona;
Hoy triste siento que en la frente mía
Un gajo de ciprés se desmorona.

»Yo quise alzar el vuelo a las ignotas
Fuentes de eterna luz, ¡al infinito!
Y hoy en el mundo, con las alas rotas,
Cual ave sola en su prisión me agito.

»Como una clara estrella vi en mi anhelo
Sonreír en mi cielo la esperanza.
Hoy cubren negras sombras ese cielo,
¡Hoy la luz a mi alma ya no alcanza!

»Huyendo el mundo y su incesante ruido,
Vengo a esta soledad sombría y honda.
Ella por siempre mi último gemido,
¡Mi último canto y mi vergüenza esconda!

»Tu muerte ¡oh Poesía! el siglo canta,
Y del campo inmortal de las ideas
El himno del trabajo se levanta
Y dice al porvenir: ¡Bendito seas!

»¡La indiferencia con su ceño grave
Me relega al silencio y al olvido!
Pobre y triste poeta ¡Soy un ave
Que al fin se muere sin hallar un nido!»

Dijo, y rompió la lira melodiosa
Do entonaba sus cantos y querellas...
Y al cielo levantó la faz llorosa,
¡Y en el cielo brotaban las estrellas!