Delirium Tremens, Ismael Enrique Arciniegas

El poeta delira. Ve a sus amigos de la infancia frente a él y él mismo se ve como un cadáver. Sin embargo, aunque muerto, nadie se despide. El poeta siente que lo van a enterrar vivo y nadie acompaña su propio cadáver, nadie llora su pérdida. Enterrado, cadavéricamente frío, no es capaz de moverse y sus quejas, miedos, etc., sólo quedan en su mente.

Observa, vivo, como la podredumbre cubre su cuerpo y los gusanos, el tiempo, lo consumen sin que pueda hacer nada. Cuando parece que todo va a acabar, cuando todos y todo lo abandonan, vuelve a escucharse a sí mismo, a revivir y a estar en la realidad. El poeta despierta borracho, mareado y los amigos cantan mientras él se recupera de un ataque de delirium tremens provocado por el exceso de la bebida.

El poema es una angustia terrible que vamos sintiendo como lector a través de cada uno de sus versos. Sin ningún tipo de paso previo, se nos presenta el estado del poeta completamente borracho, ausente de la realidad, mientras los que considera sus amigos, están al margen de lo que le sucede, como si no les importara el problema del poeta.

Por otro lado, esa descomposición física del propio poeta, nos hace tener la sensación de que el deseo de autodestrucción y, al mismo tiempo, cómo ese mismo deseo provoca un deseo de vivir que el propio protagonista del poema no puede conseguir. Cada vez va a peor y se consume de manera más rápida.

El poeta lucha contra sí mismo, no puedo hacer nada para evitar lo que le ocurre hasta que, sin indicarnos que es lo que ha pasado para que haya una reacción, el poeta va volviendo poco a poco a la realidad, va volviendo a ser el mismo, como si ese ataque de delirium tremens hubiera disminuido, lo que le ayuda a volver a ser el mismo.

La última estrofa nos parece hasta cierto punto terrible ya que nos presenta al poeta borracho y consciente de que lo que le ha ocurrido ha sido algo que ha pasado desapercibido a todos los que le rodean. Tenemos la sensación de que esto que ocurre parece algo habitual porque, en ningún momento, critica la actitud de quienes lo rodean.


Nota de Susana Marín. Abr. 2015

Poema original: Delirium Tremens

Llegaron mis amigos de colegio
Y absortos vieron mi cadáver frío;
«¡Pobre!» exclamaron, y salieron todos...
Ninguno de ellos un adiós me dijo.

Todos me abandonaron. En silencio
Fui conducido al último recinto;
Ninguno dio un suspiro al que partía,
Ninguno al cementerio fue conmigo.

¡Cerró el sepulturero mi sepulcro...
Me quejé, tuve miedo y sentí frío,
Y gritar quise en mi cruel angustia,
Pero en los labios espiró mi grito!

El aire me faltaba, y luché en vano
Por destrozar mi féretro sombrío.
Y en tanto.., los gusanos devoraban,
Cual suntuoso festín, mis miembros rígidos.

¡Oh mi amor! dije al fin, ¿y me abandonas?
Pero al llegar su voz a mis oídos
Sentí latir el corazón de nuevo,
Y volví al triste mundo de los vivos.

Me alcé y abrí los ojos. ¡Cómo hervían
Las copas de licor sobre los libros!
El cuarto daba vueltas, y dichosos
Bebían y cantaban mis amigos.