Post-Umbra, Juan de Dios Peza

El poeta recuerda una carta de cuando era joven y cuyo contenido ha olvidado o no quiere volver a tener presente. No nombra a la remitente por educación. Los recuerdos o sentimientos que le trae la carta se hacen presentes por mucho tiempo que pase. Si bien es cierto que la imagen que otros tienen del poeta es el de una persona feliz y con un historial de amantes, el poeta presenta la carta, extractos de ella, para ofrecer una visión desconocida.

La joven esta desconsolado de una manera sincera. El dolor se refleja en su llanto, expresa más que las palabras escritas. El color de la tinta con la que escribe refleja también esa tristeza. Ha pasado un momento en el que no ha tenido fuerzas para vivir, aunque se siente joven y en el fondo sabe que tiene mucho que ofrecer la vida.

Nos dice su edad, 20 años, pero el dolor le ha enseñado mucho y le ha hecho madurar deprisa. La joven le pide al poeta que calme su dolor, su pena. Se había enamorado de él y a él se entregó. Al mismo tiempo era consciente de que ese amor podía acabar. Él la correspondido. La poesía fue vehículo para enamorarla y ahora es consciente de que eran solo galanteos para conseguirla.

Ella le creyó sin darse cuenta de que aquello era irreal. Su relación se basó en las mentiras del poeta hacia ella pero él lo era todo, era su mundo y se entregó a él en cuerpo y alma. La pasión fue tan fuerte que lo emocional, lo sentimental, también pasó al plano físico. Fue el primer hombre con el que tuvo relaciones íntimas y el juego sexual estaba entre la pasión, el deseo y el amor.

Poco a poco, el poeta se fue alejando de ella y atrás quedaron las promesas. Ese distanciamiento y ruptura final de afectó hasta el punto de desconfiar de cualquier gesto de cariño. Ella no le reprocha nada porque en el fondo sabía que su relación tenía fecha de caducidad.

En la carta le comunica que la muerte la acecha y que le queda poco tiempo. Ella espera que todo el dolor y todo lo que le hizo sufrir le sea devuelto en el más allá. Aunque sólo Dios puede juzgarle, desea encontrarle tras su muerte. El poema acaba con el momento en el que el poeta está acabando de leer la carta. Finalmente el también espera la muerte y es consciente del dolor que ha provocado y eso le hace sufrir.


Nota de Susana Marín. Nov. 2014

Poema original: Post-Umbra

Con letras ya borradas por los años,
en un papel que el tiempo ha carcomido,
símbolo de pasados desengaños,
guardo una carta que selló el olvido.

La escribió una mujer joven y bella.
¿Descubriré su nombre? ¡no!, ¡no quiero!
pues siempre he sido, por mi buena estrella,
para todas las damas, caballero.

¿Qué ser alguna vez no esperó en vano
algo que si se frustra, mortifica?
Misterios que al papel lleva la mano,
el tiempo los descubre y los publica.

Aquellos que juzgáronme felice,
en amores, que halagan mi amor propio,
aprendan de memoria lo que dice
la triste historia que a la letra copio:

«Dicen que las mujeres sólo lloran
cuando quieren fingir hondos pesares;
los que tan falsa máxima atesoran,
muy torpes deben ser, o muy vulgares.

»Si cayera mi llanto hasta las hojas
donde temblando está la mano mía,
para poder decirte mis congojas
con lágrimas mi carta escribiría.

»Mas si el llanto es tan claro que no pinta,
y hay que usar de otra tinta más obscura,
la negra escogeré, porque es la tinta
donde más se refleja mi amargura.

»Aunque no soy para sonar esquiva,
sé que para soñar nací despierta.
Me he sentido morir y aún estoy viva;
tengo ansias de vivir y ya estoy muerta.

»Me acosan de dolor fieros vestigios,
¡qué amargas son las lágrimas primeras!
Pesan sobre mi vida veinte siglos,
y apenas cumplo veinte primaveras.

»En esta horrible lucha en que batallo,
aun cuando débil, tu consuelo imploro,
quiero decir que lloro y me lo callo,
y más risueña estoy cuanto más lloro.

»¿Por qué te conocí? Cuando temblando
de pasión, sólo entonces no mentida,
me llegaste a decir: "te estoy amando
con un amor que es vida de mi vida".

»¿Qué te respondí yo? Bajé la frente,
triste y convulsa te estreché la mano,
porque un amor que nace tan vehemente
es natural que muera muy temprano.

»Tus versos para mí conmovedores,
los juzgué flores puras y divinas,
olvidando, insensata, que las flores
todo lo pierden menos las espinas.

»Yo, que como mujer, soy vanidosa,
me vi feliz creyéndome adorada,
sin ver que la ilusión es una rosa,
que vive solamente una alborada.

»¡Cuántos de los crepúsculos que admiras
pasamos entre dulces vaguedades;
las verdades juzgándolas mentiras
las mentiras creyéndolas verdades!

»Me hablabas de tu amor, y absorta y loca,
me imaginaba estar dentro de un cielo,
y al contemplar mis ojos y mi boca,
tu misma sombra me causaba celo.

»Al verme embelesada, al escucharte,
clamaste, aprovechando mi embeleso:
"déjame arrodillar para adorarte";
y al verte de rodillas te di un beso.

»Te besé con arrojo, no se asombre
un alma escrupulosa y timorata;
la insensatez no es culpa. Besé a un hombre
porque toda pasión es insensata.

»Debo aquí confesar que un beso ardiente,
aunque robe la dicha y el sosiego,
es el placer más grande que se siente
cuando se tiene un corazón de fuego.

»Cuando toqué tus labios fue preciso
soñar que aquél placer se hiciera eterno.
Mujeres: es el beso un paraíso
por donde entramos muchas al infierno.

»Después de aquella vez, en otras muchas,
apasionado tú, yo enternecida,
quedaste vencedor en esas luchas
tan dulces en la aurora de la vida.

»¡Cuántas promesas, cuántos devaneos!
el grande amor con el desdén se paga:
Toda llama que avivan los deseos
pronto encuentra la nieve que la apaga.

»Te quisiera culpar y no me atrevo,
es, después de gozar, justo el hastío;
yo que soy un cadáver que me muevo,
del amor de mi madre desconfío.

»Me engañaste y no te hago ni un reproche,
era tu voluntad y fue mi anhelo;
reza, dice mi madre, en cada noche;
y tengo miedo de invocar al cielo.

»Pronto voy a morir; esa es mi suerte;
¿quién se opone a las leyes del destino?
Aunque es camino oscuro el de la muerte,
¿quién no llega a cruzar ese camino?

»En él te encontraré; todo derrumba
el tiempo, y tú caerás bajo su peso;
tengo que devolverte en ultratumba
todo el mal que me diste con un beso.

»Mostrar a Dios podremos nuestra historia
en aquella región quizá sombría.
¿Mañana he de vivir en tu memoria...?
Adiós... adiós... hasta el terrible día».

Leí estas líneas y en eterna ausencia
esa cita fatal vivo esperando...
Y sintiendo la noche en mi conciencia,
guardé la carta y me quedé llorando.