A Mis Hijas, Juan de Dios Peza

El amor del padre es un tema que pocas veces aparece reflejado en los versos. En este veremos a un padre preocupado por el cambio tan rápido que experimentan sus hijas y se da cuenta del paso del tiempo, de como él ha cambió también y, aunque las quiere con todo su corazón, los valores que habría de inculcarles tiene que tomarlos de otra persona, de su padre, el abuelo de las niñas, que son mucho más positivos que los suyos, debido a que su camino vital no ha sido el más acertado.

El poeta está inquieto y la causa de esto son sus hijas. Las pequeñas todavía ignoran muchos de los problemas, alegrías y vivencias que han de experimentar a medida que crecen. Tanto su poesía, que refleja sus temores, como su pensamiento, quieren ser un vehículo de protección de las menores. El poeta, aunque preocupado, sabe que es fuerte y siente que ha de luchar por proteger a sus pequeñas siempre.

Confía en sus hijas y desea que éstas le correspondan, por eso no teme al hombre que las quiera conocer, ya que tienen personalidad. Como cualquier padre, siente que crecen de prisa y, de la misma manera, desea que esto no suceda, porque eso significa que su mundo cambia inexorablemente.

El creer en Dios aporta tranquilidad y amor a los demás, además del perdón. Para él, las virtudes en la vida de las pequeñas han de ser la voluntad, la capacidad de perdón y la austeridad. Desea que no se dejen arrastrar por lo banal, buscando siempre esa niña, esa inocencia que se lleva dentro.

Para el poeta, el destino está marcado, cada uno de nosotros escribimos y construimos nuestro propio camino como queremos. Hay que saber reconocer los errores y valorar el esfuerzo y trabajo, aunque muchos no lo vean así. El tiempo marchita la belleza física, pero debemos seguir siendo buenos, hacer el bien. Por supuesto, todo lo que se haga la vida tiene que tener un fin positivo. El amor ha de mantener a sus hijas, dejando atrás todo aquello superfluo. El poeta desea ser un ejemplo para ellas y siente que el amor de estas se mantendrá hasta que a él le llegue su hora.


Nota de Susana Marín. Nov. 2014

Poema original: A Mis Hijas

Mi tristeza. es un mar; tiene su bruma
que envuelve densa mis amargos días;
sus olas son de lágrimas; mi pluma
está empapada en ellas, hijas mías.
Vosotras sois las inocentes flores
nacidas de ese mar en la ribera;
la sorda tempestad de mis dolores
sirve de arrullo a vuestra edad primera.
Nací para luchar; sereno y fuerte
cobro vigor en el combate rudo;
cuando pague mi audacia con la muerte,
caeré cual gladiador sobre mi escudo.

Llévenme así a vosotras; de los hombres
ni desdeño el poder ni el odio temo;
pongo todo mi honor en vuestros nombres
y toda el alma en vuestro amor supremo.
Para salir al mundo vais de prisa.
¡Ojalá que esa vez nunca llegara!
Pues hay que ahogar el llanto con la risa,
para mirar al mundo cara a cara.

No me imitéis a mí: yo me consuelo
con abrir más los bordes de mi herida;
imitad en lo noble a vuestro abuelo:
¡Sol de virtud que iluminó mi vida!

Orad y perdonad; siempre es inmensa
después de la oración la interna calma,
y el ser que sabe perdonar la ofensa
sabe llevar a Dios. dentro del alma.

Sea vuestro pecho de bondades nido,
no ambicionéis lo que ninguno alcanza,
coronad el perdón con el olvido
y la austera virtud con la esperanza.

Sin dar culto a los frívolos placeres
que la pureza vuestra frente ciña,
buscad alma de niña en las mujeres
y buscad alma de ángel en la niña.

Nadie nace a la infamia condenado,
nadie hereda la culpa de un delito,
nunca para ser siervas del pecado
os disculpéis clamando: estaba escrito.

¡Existir es luchar! No es infelice
quien luchando, de espinas se corona;
abajo, todo esfuerzo se maldice,
arriba, toda culpa se perdona.

Se apaga la ilusión cual lumbre fatua
y la hermosura es flor que se marchita;
la mujer sin piedad es una estatua
dañosa al mundo y del hogar proscrita.

No fijéis en el mal vuestras pupilas
que víbora es el mal que todo enferma,
y haced el bien para dormir tranquilas
cuando yo triste en el sepulcro duerma.

Nunca me han importado en este suelo
renombre, aplausos, oropeles, gloria:
procurar vuestro bien, tal es mi anhelo;
amaros y sufrir tal es mi historia.

Cuando el sol de mi vida tenga ocaso
recordad mis consejos con ternura,
y en cada pensamiento, en cada paso,
buscad a Dios tras de la inmensa altura.

Yo anhelo que, al morir, por premio santo,
tengan de vuestro amor en los excesos:
las flores de mi tumba vuestro llanto,
las piedras de mi tumba vuestros besos.