La pena de muerte, María Elena Walsh

La poeta se ponen en la piel de la mujer que busca un amante harta de aceptar que su marido tenga una y la traiga a su casa y, por ello, esa mujer que busca un amante, es asesinada, juzgadas por hombres y delante de los hijos. Se ponen en la piel de los cristianos soltados a los leones en épocas anteriores.

Se pone en la piel de las acusadas de brujería por vivir con un negro y tener un lunar, como creía en ocasiones la inquisición. Se mete en la piel del indígena asesinado por enfrentarse a los colonizadores. Recuerda la represión brutal de los señores feudales contra el pueblo hambriento.

También recuerda a los científicos que murieron asesinados, quemados por sus teorías contrarias a lo que la religión dictaba. Se pone en la piel de los revolucionarios franceses que mataron por mantener la negación de los derechos a las mujeres y recuerda la represión de indígenas en la pampa.

También habla de la represión de los curas y personas cercanas a ellos en la Guerra civil, sólo por su ideología o condición social. La literatura y sus poetas también fueron reprimidos. Recuerda a la primera mujer condenada a muerte en la silla eléctrica, sin darle una oportunidad para cambiar o redimirse.

Recuerda a todas las mujeres judías gaseadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Recuerda la represión y asesinatos en los numerosos gobiernos dictatoriales por opinar diferente, por tener otra ideología o por la lucha política. La poeta habla de las sentencias de muerte que dictan personas sabias y van dirigidas contra otras personas de manera interesada, sabiendo lo que hacen y las consecuencias.

Cuando esto ocurre, la humanidad no avanza y pierde esa condición por completo. La poeta nos habla de cómo la muerte ha sido una constante a lo largo de la historia cuando hablamos de dictaduras, cuando hablamos de religiones, cuando hablamos de injusticias sociales, cuando hablamos de personas con valía, científicos, aquellos que tenían una manera de pensar diferente y lo expresaban.

La poeta nos habla de cómo la historia del ser humano se basa en continuas guerras, represiones y también la forma de obligar a un pueblo a pensar, sentir, etcétera, de la misma forma. Para todo aquel que fuera en contra de lo políticamente correcto, de lo que se obligaba, de lo que tenía que ser, el final era la muerte, la represión, era la anulación del propio ser humano.


Nota de Susana Marín. Sep. 2015

Poema original: La pena de muerte

Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos.
Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado.
Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco.
Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial.
Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia.
Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico-protestante.
Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre.
Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios.
Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales.
Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente.
Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno.
Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos.
Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semivivo a una fosa común.
A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas.