El Loco, Leopoldo María Panero

Cuando leemos los versos de este poema nos quede una sensación extraña y nos hacemos la pregunta: ¿hablamos de un loco o del poeta que ha exprimido su vida hasta la locura? Si lo pensamos fríamente parece que la segunda opción es la más cuerda. El poeta ha degenerado en su vida hasta lo peor durante parte de la misma. Parece que estamos ante una figura bestial que lucha contra sí misma o que busca la autodestrucción como forma o camino vital. A través de pequeñas pinceladas parece que el origen está en su niñez.

Hay una búsqueda de algo que no encuentra y es esa búsqueda en la que se ha perdido como hombre, no sólo físicamente. Es como si tuviera la necesidad de buscar en lo físico, en lo carnal lo que no era capaz de hallar como creador. Critica a sus padres como responsables del rumbo oscuro que inició. Parece que la educación que tuvo no fue la mejor, ya que no le aportó los mecanismos suficientes para poder defenderse ante las elecciones negativas que pudiera tomar.

Aun así, pudo aprender y enseñar. Sin embargo es repudiado por qué, quizá, no han entendido o no entendían su manera de soñar. Es decir, el poeta tiene un mundo interior muy complicado de conocer y la actitud del mismo hace que sea más difícil o que muy pocas personas quieran conocerlo tal cual es o entender su sensibilidad, su manera de entender la realidad o sus procesos creativos.

El poeta ha vivido su vida con claroscuros, con sus pérdidas y equívocos, con sus buenos y malos momentos. Desde un punto de vista íntimo y personal, con un toque religioso, el poeta sabe qué es pecar porque lo ha vivido. Pero al hablar del pasado, parece que cambiado y su vida es completamente diferente.

Es por ello que si nos centramos realmente en el mensaje del poema o en lo que el poeta quiere expresar, parece que estamos ante una manera muy particular y muy diferente de darnos a entender, que su camino vital actual es completamente diferente al que ha recorrido hasta ese momento. Siendo conscientes de un pasado difícil y lleno de excesos, se nos presenta una persona renovada y que, en esa última etapa de su vida, ha encontrado respuestas a lo que necesitaba y, hasta cierto punto, la religiosidad ha encontrado un pequeño hueco en el que asentarse.


Nota de Susana Marín. Jul. 2014

Poema original: El Loco

He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.
Fui una culebra deslizándose
por la ruina del hombre, gritando
aforismos en pie sobre los muertos,
atravesando mares de carne desconocida
con mis logaritmos.
Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»
y «qué oscuro es tu nombre».
He vivido los blancos de la vida,
sus equivocaciones, sus olvidos, su
torpeza incesante y recuerdo su
misterio brutal, y el tentáculo
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
frenéticos de huida.
He vivido su tentación, y he vivido el pecado
del que nadie cabe nunca nos absuelva.