La Canción del Croupier Del Mississipi, Leopoldo María Panero

El poeta se nos presenta asimismo como un pirata, en un lugar sórdido, donde el juego, los excesos, de sexo y las mujeres deambulan por igual. De la misma manera que el humo del tabaco, que envuelve esa imagen metafórica de un pirata, los excesos del poeta hacen que la creatividad de este salga a relucir y sea productiva, lo mismo que su soledad.

Son poemas cargados de sentimientos, de sangre, de lo más íntimo de su persona. Todo sale a relucir, tanto lo mejor como lo peor del mismo y lo hace de una manera descarnada. Para el poeta, nos hemos vaciado, hemos dejado de lado los sentimientos. Sólo Cristo parece ser la imagen de la bondad, que es lo único que nos puede salvar.

Parece que se pregunta si vivimos en la realidad o en un mundo irreal. Para él, lo único real es todo lo que rodea al poeta, lo que siente con su hedor y su sociedad. Para él, el ser humano vive ebrio y sólo la muerte es lo que despierta su sobriedad. La ebriedad, el alcohol, lo irreal, lo rodea y lo posee todo. Tomar otra copa es una manera de renunciar a la vida, de no conocer lo mejor de nosotros. El alcohol saca lo peor del poeta y es consciente de ello. Aun así no quiere renunciar a ello. La hipocresía de otros que lo quieren aconsejar es patente.

La propia vida, en ocasiones, también saca lo mejor de él y en ocasiones es consciente de querer salir de ese círculo. Pero no lo hace. El poeta se ha entregado la vorágine de excesos y el estar en España le hace excederse mucho más.

Estamos ante una expresión de la autodestrucción personal consciente, consentida. Busca la muerte como la buscan los piratas, que saben que antes o después desaparecerán atravesados por la espada, por una bala o cualquier otra cosa y viven su vida intensamente, marcada por los excesos, el no pensar creyendo que cada día que despierten puede ser el último.

La importancia del poema no es en qué marco encuadra el texto, sino en cómo el texto se desarrolla a lo largo de los versos y cómo a través de ellos nos hace ser conscientes de la autodestrucción y la necesidad del poeta de evadirse, de no pensar o dejar de ser él mismo.


Nota de Susana Marín. Jul. 2014

Poema original: La Canción del Croupier Del Mississipi

Fumo mucho. Demasiado.
Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio,
y oigo pasar la vida como quien pone la radio.
Fumo mucho. En el cenicero hay
ideas y poemas y voces
de amigos que no tengo. Y tengo
la boca llena de sangre,
y sangre que sale de las grietas de mi cráneo
y toda mi alma sabe a sangre,
sangre fresca no sé si de cerdo o de hombre que soy,
en toda mi alma acuchillada por mujeres y niños
que se mueven ingenuos, torpes, en
esta vida que ya sé.
Me palpo el pecho de pronto, nervioso,
y no siento un corazón. No hay,
no existe en nadie esa cosa que llaman corazón
sino quizá en el alcohol, en esa
sangre que yo bebo y que es la sangre de Cristo,
la única sangre en este mundo que no existe
que es como el mal programado, o
como fábrica de vida o un sastre
que ha olvidado quién es y sigue viviendo, o
quizá el reloj y las horas pasan.
Me palpo, nervioso, los ojos y los pies y el dedo gordo
de la mano lo meto en el ojo, y estoy sucio
y mi vida oliendo.
Y sueño que he vivido y que me llamo de algún modo
y que este cuento es cierto, este
absurdo que delatan mis ojos,
este delirio en Veracruz, y que este
país es cierto este lugar parecido al Infierno,
que llaman España, he oído
a los muertos que el Infierno
es mejor que esto y se parece más.
Me digo que soy Pessoa, como Pessoa era Álvaro de Campos,
me digo que estar borracho es no estarlo
toda la vida, es
estar borracho de vida y no de muerte,
es una sangre distinta de esa otra
espesa que se cuela por los tejados y por las paredes
y los agujeros de la vida.
Y es que no hay otra comunión
ni otro espasmo que este del vino
y ningún otro sexo ni mujer
que el vaso de alcohol besándome los labios
que este vaso de alcohol que llevo en el
cerebro, en los pies, en la sangre.
Que este vaso de vino oscuro o blanco,
de ginebra o de ron o lo que sea
—ginebra y cerveza, por ejemplo—
que es como la infancia, y no es
huida, ni evasión, ni sueño
sino la única vida real y todo lo posible
y agarro de nuevo la copa como el cuello de la vida y cuento
a algún ser que es probable que esté
ahí la vida de los dioses
y unos días soy Caín, y otros
un jugador de poker que bebe whisky perfectamente y otros
un cazador de dotes que por otra parte he sido
pero lo mío es como en «Dulce pájaro de juventud»
un cazador de dotes hermoso y alcohólico, y otros días,
un asesino tímido y psicótico, y otros
alguien que ha muerto quién sabe hace cuánto,
en qué ciudad, entre marineros ebrios. Algunos me
recuerdan, dicen
con la copa en la mano, hablando mucho,
hablando para poder existir de que
no hay nada mejor que decirse
a sí mismo una proposición de Wittgenstein mientras sube
la marea del vino en la sangre y el alma.
O bien alguien perdido en las galerías del espejo
buscando a su Novia. Y otras veces
soy Abel que tiene un plan perfecto
para rescatar la vida y restaurar a los hombres
y también a veces lloro por no ser un esclavo
negro en el sur, llorando
entre las plantaciones!
Es tan bella la ruina, tan profunda
sé todos sus colores y es
como una sinfonía la música del acabamiento,
como música que tocan en el más allá,
y ya no tengo sangre en las venas, sino alcohol,
tengo sangre en los ojos de borracho
y el alma invadida de sangre como de una vomitona,
y vomito el alma por las mañanas,
después de pasar toda la noche jurando
frente a una muñeca de goma que existe Dios.
Escribir en España no es llorar, es beber,
es beber la rabia del que no se resigna
a morir en las esquinas, es beber y mal
decir, blasfemar contra España
contra este país sin dioses pero con
estatuas de dioses, es
beber en la iglesia con música de órgano
es caerse borracho en los recitales y manchas de vino
tinto y sangre «Le livre des masques» de Rémy de Gourmont
caerse húmedo babeante y tonto y
derrumbarse como un árbol ante los farolillos
de esta verbena cultural. Escribir en España es tener
hasta el borde en la sangre este alcohol de locura que ya
no justifica nada ni nadie, ninguna sombra
de las que allí había al principio.
Y decir al morir, cuando tenga
ya en la boca y cabeza la baba del suicidio
gritarle a las sombras, a las tantas que hay y fantasmas
en este paraíso para espectros
y también a los ciervos que he visto en el bosque,
y a los pájaros y a los lobos en la calle y
acechando en las esquinas