Me encanta Dios, Jaime Sabines

Para el poeta Dios no es serio. Juega con el ser humano y le hace sufrir, en ocasiones demasiado, como si no fuera consciente de las consecuencias. Los hijos de Dios, en la forma de Buda, Cristo o Mahoma, los envió para cambiar al hombre y, como éste no lo hizo, la muerte es lo que hace que el hombre tema de verdad y se aferre a la vida, que es lo único real y eterno.

Las teorías científicas no significan nada para el poeta. Todo es por interés, no porque el hombre sea eterno o vaya a vivir más. Cree que cuando el hombre se empeña en vivir más, descubre algo con la ciencia, Dios crea algo para evitarlo, como las bacterias mutantes. Sólo el ser humano está tranquilo cuando Dios lo desea.

Dios es omnipresente y omnipotente y todo lo que nos da es fruto de su poder. Para el poeta, los desastres de la naturaleza son causa del alejamiento de Dios de la tierra. Esta última busca la salvación del hombre. Dios está presente en todos los seres humanos. Es parte de la vida, la flora y fauna, del día y la noche, de lo vivo y lo inerte. El poeta cree en Dios.

La visión que ofrece el poeta acerca de Dios es la de un dios omnipotente que juega con el ser humano para que éste descubra la importancia de la vida, para que sea consciente de lo que la tierra le ofrece. También, es una visión de cómo el hombre teme a la muerte más que a Dios y busca la forma de no morirse, de ser inmortal.

Ante esto, el poeta siente que es el propio Dios el que provoca en la tierra los desastres naturales, la aparición de nuevas formas que, de alguna manera, afecten al hombre y a su mortalidad para acabar con él. Esta parece que es la única forma que entiende que es la correcta para que el ser humano se dé cuenta de lo afortunado que es de vivir. De nada sirve que estemos obsesionados con la muerte si no somos capaces de sentir la vida que corre por dentro de nosotros, en todo lo que nos rodea, en la tierra.


Nota de Susana Marín. Nov. 2015

Poema original: Me encanta Dios

Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.

Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida, sea para siempre.

Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.

Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.

Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.

A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.