Te quiero a las diez de la mañana, Jaime Sabines

La mañana hace que el poeta se sienta enamorado, feliz, ilusionado. Sin embargo, la rutina, la realidad y lo cotidiano hace que odie a la amada y su relación. La noche vuelve a despertar todo el sentimiento amoroso del poeta: sexo, deseo, los cuerpos que son uno solo. Pero cuando terminan y la rutina del sueño pide dormir, vuelve a sentir ese odio.

Para el poeta, la relación con la amada es de amor-odio. En ocasiones siente que no la conoce y en otras siente unos ataques de celos hacia otros hombres muy grandes. En otros momentos siente que no la tiene presente en su vida. Es por ello que cree que la quiere menos de lo que piensa.

Como nos indica el propio poema, estamos ante unos versos que hablan del amor-odio hacia la persona amada pero que, en realidad, únicamente es un sentimiento: el amor. Lo que parece que nos encontramos al leer estos versos son los sentimientos de una persona que no está segura de sí mismo.

En ningún momento del poema se dice que no sea correspondido por el amor de la mujer. Ella sí parece estar segura de lo que siente. Sin embargo, el protagonista de estos versos, en función del momento del día en el que está, siente que su amor es mayor o menor. Es por ello que si profundizamos en el poema nos damos cuenta de que lo que realmente “mata” al hombre es la rutina que existe entre los momentos de intimidad de los amantes.

El día a día es algo que supera al hombre. Éste desea estar a su lado yaciendo, haciendo el amor, intentando que cada momento sea único y especial. Sin embargo, la rutina de una relación, en el sentido positivo de la palabra, es algo que le supera y provoca en él una sensación de frustración y, al mismo tiempo de alejamiento de la amada, algo que en el lecho no sucede.

Es por ello que estamos ante una situación en la que el hombre se siente menos que la mujer en cuanto a sentimientos porque cree que es menos fuerte, que no es capaz de estar a la altura de la relación debido a esos sentimientos que tiene cuando la rutina aparece en sus vidas, cuando el día a día, algo normal en la relación de una pareja, está presente.


Nota de Susana Marín. Nov. 2015

Poema original: Te quiero a las diez de la mañana

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.

Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.

Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?