Autorretrato, Rosario Castellanos

Para la poeta el tratamiento de señor es importante desde el punto de vista social, ya que la iguala al hombre y le abre las puertas académicas. Ésa condición importa más que el físico que se tenga. El paso del tiempo se nota en su cabello, lo que no impide que sea coqueta y luzca pelucas para gustar.

Se ve una mujer normal, más o menos atractiva según se maquille. Físicamente ha cambiado con los años y no se ve nada del otro mundo, se rebaja un poco. No tiene enemigos pero sí admiradores. Sus amistades son personas con las que puede departir y hablar de lo humano, lo divino y lo literario.

Sus amigos son hombres y casi ninguna mujer. No le gustan los espejos porque ve en ellos sus defectos. Como mujer es consciente que no es buena en el juego del amor. Tiene un hijo al que ama, aunque es consciente de que ese sentimiento puede cambiar cuando el joven crezca y escoja su camino vital.

Se ve a sí misma como poeta, catedrática y colaboradora de publicaciones literarias y periodísticas. Aunque vive al lado de la naturaleza, rehúye de esta. Le gusta la música, la pintura y cualquier otro tipo de eventos relacionados con el teatro y el cine. Prefiere no pensar en nada o algo superfluo.

Sufre porque cree que es algo que le viene de familia, no porque le haya sucedido a ella casualmente. Le gustaría entender a los demás pero siente que no le han enseñado los códigos sociales. La vida le ha enseñado a sufrir, a llorar. Es un mecanismo de defensa que le ayuda a estar mejor y hacer que la muerte no le afecte. Pero también llora por cosas nimias.

Lo que nos descubre este poema, cuando acabamos de leerlo, es que estamos frente a una mujer que intelectualmente está preparada, socialmente está integrada, política y literariamente se rodea de personas que le aporten algo y, sin embargo, desde el punto de vista afectivo desconoce completamente cualquier tipo de sentimiento amoroso, tanto hacia los demás como hacia sí misma e incluso a su propio hijo. Lo que más nos sorprende, sobre todo, es esa mirada extremadamente racional, consciente de lo que le ocurre, y, al mismo tiempo, el hecho de que sentimos que no va a tomar la iniciativa de conocer esa variante sensible, sentimental, amorosa.


Nota de Susana Marín. Jun. 2015

Poema original: Autorretrato

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.

Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.

Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)

Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.

Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
—aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio—. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.

Amigas... hmmm... a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehuyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.

Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.

Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.