La Serpiente que Danza, Charles Baudelaire

El poeta disfruta al mirar a la joven, inocente. La piel y el calor que desprende hacen que ésta brille como la tela de seda. Tiene el pelo rubio y largo y lo mueve como el mar, como si de la marea se tratase, sin una dirección fija. El poeta, al verla, siente una atracción tan fuerte que desea, sueña con tenerla su lado.

Para él es única y quiere navegar ese mar con su cuerpo. La mirada de la joven no expresa nada, ya sea bueno o malo. El poeta siente que puede ser dulce y, al mismo tiempo, fuerte. La joven se mueve como si danzara con cada movimiento al ritmo de la música. Se insinúa sutil, felina. Sentimos que es muy joven.

Su cuerpo se mueve como un barco en el agua, siguiendo el movimiento del mar. Sus caderas también se mueven de un lado al otro excitando más al poeta. El asombro es igual al de la visión de la caída de un trozo de glaciar que se desprenden sobre mar y crea una gran ola, como una fuente, espectacular. La blancura de sus dientes también sorprende el poeta. Esto último es la metáfora de la espuma blanca. El poeta está completamente entregado y hace que tenga una sensación de borrachera ante lo que ve y siente.

Nuevamente estamos ante un poema en el que el autor nos presenta a una muchacha que, desde su punto de vista, es muy sensual, muy sexual. Como ocurre en otros poemas de otros autores, no se nos dice quién es, no se nos la describe físicamente, a excepción de algunas pinceladas, como es el pelo rubio o los dientes blancos. Fuera de sus matices no sabemos nada más.

Lo que sentimos cuando acabamos de leer el poema es que es más una apreciación subjetiva que algo real. Parece que el poeta, al ver a la muchacha, se prenda de ella y desea poseerla. Sin embargo, en ningún momento se nos indica que haya una correspondencia por parte de la joven. Parece que se mueve de manera insinuante, pero tampoco se nos dice que sea hacía el. Parece más una fantasía sexual del poeta que algo que haya ocurrido de verdad.


Nota de Susana Marín. Jun. 2015

Poema original: La Serpiente que Danza

Cuánto gozo al mirar, dulce indolente,
Tu corpóreo esplendor
Como si fueran seda iridiscente
Tu piel y su fulgor.

Y sobre tu profunda cabellera
De un ácido aromar
-Cual un mar errabundo, sin ribera,
En azul ondular;

Como bajel que despertó del sueño
Al viento matinal,
Lanzo mi alma en soñador empeño
Hacia el piélago astral.

En tu mirada que nada revela
De dulzura ni hiel,
Mezcla de oro y hierro se congela
Para el doble joyel.

Mirando la cadencia con que avanzas
Bella de lasitud,
Dijéranse las serpentinas danzas
Al ritmo del laúd.

Agobiada de un fardo de molicie
Tu cabeza infantil
Se balancea como en la planicie
Una leona febril.

Y tu cuerpo se inclina y se distiende
Como un ebrio bajel,
Y va de borda en borda mientras hiende
Las aguas su proel.

Cual la onda engrosada por las fuentes
Del rugidor glaciar ,
Cuando asoman al filo de tus dientes
Espuma y pleamar,

Creo beber un vino -sangre y llama,
Sima y elevación-,
Un vino que me inunda, que me inflama
De astros el corazón.