Momentos Felices, Gabriel Celaya

El pasado, lo no vivido o lo que ya no está existe el poeta lo aparta porque se acumula en la mochila que todos llevamos en nuestro camino vital. Él apuesta por la vida, por saltar para soltar lo que se acumula, lo que pesa. Busca la felicidad. Es poeta de la belleza, lo cotidiano que le rodea y esto le hace feliz. Pero más feliz le hace la belleza de la juventud, las jóvenes que muestran sus curvas al calor del día y la piel morena. Para él eso es felicidad.

Cuando la casa se llena de amigos y todo se hace fiesta, se departe y se disfruta y no se piensa en el mañana, eso es felicidad. Cuando la finalidad es estar bien y a gusto, eso también es un momento único. Cuando un amanecer nos sorprende por su belleza, cuando queremos seguir en la cama por pereza y la luz del día se refleja en nuestro techo como si fuera el brillo del mar, ese también es un momento de felicidad.

La belleza de las frutas y frutos en el mercado, con su mezcla de colores, aromas, etc., hace que se cree un momento único, inolvidable y feliz. Tras un día de trabajo duro, la música es algo que se mete lo más profundo de nuestra alma, nos transporta a otro estado en el que somos y nos sentimos felices. Cuando la amistad es verdadera, recíproca y con el tiempo se hace más rica y cuando esa amistad no se basa en el provecho si no en el gusto por estar juntos, eso es algo indescriptible.

Los momentos más sencillos, como caminar, tomar algo con quien apreciamos, una conversación, también es un momento de felicidad. Cuando no tienes nada que perder, también es algo que nos hace tener esos sentimientos y nadie los puede arrebatar. La vida son momentos y cuando nos hacen sentir bien son inolvidables.

Como podemos interpretar en este poema, la felicidad es un sentimiento importante para el ser humano, para las personas y no solamente hace que nuestro camino vital sea mucho más provechoso, sino también hace que prestemos más atención a los pequeños elementos que nos rodean, a las relaciones sociales con personas a las que queremos, a momentos que pueden ser triviales pero que nos aportan una serie de sensaciones que, de otra manera, sería imposibles de sentir. La vida no es un continuo de felicidad, son momentos que vienen y desaparecen, por eso es importante vivirlos y guardarlos para ser mejores personas.


Nota de Susana Marín. Mar. 2015

Poema original: Momentos Felices

Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
—el pitillo en los labios, el alma disponible—
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que se siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro —sé que todo es fiado—,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así la muerte,
¿no es la felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es la felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?