A México, Juan de Dios Peza

El poeta nos presenta el momento en que los moros y cristianos se enfrentaron en una gran batalla. La conquista de Granada, lugar idílico de la cultura árabe en España va ser reconquistada. Los cristianos, castellanos, recuperaron el lugar con dolor, sufrimiento y muertos. Todo ello fue recogido en trovas, poemas y versos.

La Cruz sustituyó a la media luna antes de que los Reyes Católicos entraran en Granada. Aquello fue algo histórico y que fue recordado, reconocido por todos, dentro y fuera de España, pero fue un paso en una guerra, en una reconquista cruenta, en la que el pueblo sufrió como nunca. La muerte lo arrasaba todo

Todo ese horror se ve como un castigo divino.

Todos han de convertirse al cristianismo y los que profesan la fe católica reafirmarse en ella. Quien no lo hace lo pierde todo, hasta su hogar. Tal es el miedo y el peligro, que no hay un lugar seguro en el que protegerse. Las familias se rompen con la muerte y la búsqueda de los muertos se hace entre los escombros de las casas arrasadas.

La muerte es algo común y más en los más indefensos: los niños. Su muerte enloquece a muchas madres, los huérfanos crecen en número y no entienden lo que pasa. Su futuro es la miseria y la nada. Su indiferencia desaparece a menos que sean consolados.

El ocuparnos del dolor ajeno nos hace buenas personas, dignas de Dios. El poeta desea que la ayuda a los que menos tienen, en este caso a los andaluces, se haga pronto. Cree que la fraternidad, la ayuda mutua hará que se recupere pronto. Todo el dolor, la pena y el llanto se pueden transformar en algo bueno y que produzca felicidad.

Lo que nos ofrece el poeta es una visión no de la batalla en sí, no de la guerra en sí, sino de las consecuencias de la misma y de cómo los perdedores son siempre los mismos, los que menos pueden hacer para defenderse. Pero también nos presenta un nuevo hecho aparte de los que sufren, si no del propio lugar, de la propia zona que queda completamente arrasada, empobreciendo todavía más a las gentes y haciendo peligrar su recuperación.


Nota de Susana Marín. Nov. 2014

Poema original: A México

En las últimas desgracias de España.

Allá del revuelto mar
Tras los secos arenales,
Donde sus limpios cristales
Las ondas van a estrellar,
Donde en lucha singular
Disputando a la Fortuna
Las ciudades una a una,
De sus guerreros el brío,
Mostraron su poderío
La cruz y la media luna;

En esa tierra encantada,
Que esconde, en perpetuo Abril,
Las lágrimas de Boabdil
En las vegas de Granada;
Donde el ave enamorada
Repite entre los vergeles
El canto de los gomeles,
Y cuelga su frágil nido
Del minarete prendido
Entre ojivas y caireles;

Donde soñados ultrajes
Vengaron fieros zegríes,
Regando los alelíes,
Con sangre de abencerrajes;
donde entre muros de encajes
Y torres de filigrana,
Lloró la hermosa sultana
Amorosos sentimientos
A los rítmicos acentos
De una trova castellana;

Allá donde nueva luz
Alumbró, limpia y serena,
Sobre la morisca almena
El símbolo de la cruz;
En ese suelo andaluz,
Cuyos cármenes hollando,
Y en otro mundo soñando,
Cruzaron en su corcel
La magnánima Isabel
Y el católico Fernando.

En esa región que encierra
Tantos recuerdos de gloria;
En ese altar de la Historia;
En ese edén de la tierra;
No el azote de la guerra
Infunde duelo y pavor,
Ni causa fiero dolor
Que mira asombrado el mundo
El negro contagio inmundo;
Allí otra plaga mayor.

Surgen allí tempestades
Del suelo entre las entrañas,
Y vacilan las montañas,
Y se arrasan las ciudades
Escombros y soledades
Son el cortijo y la aldea;
La muerte se enseñorea,
Y, en medio de tanta ruina,
Se ve cual llama divina
La Caridad que flamea.

Con sordo bramido el duelo
Todo lo enluta y recorre;
Yace la maciza torre
En pedazos sobre el suelo.
Salvarse forma el anhelo
De los espantados seres,
Y hombres, niños y mujeres
Las crispadas manos juntan,
Y viendo al cielo preguntan.
"Dinos Dios, ¿por qué nos hieres?"

Recordando en sus delitos
las bíblicas amenazas,
Van por las calles y plazas
Confesándolos a gritos.
Los corazones precitos
Se niegan a palpitar
Y todos ven transformar
Al golpe del terremoto,
El abismo el verde soto,
Y en escombros el hogar.

Se abate el pesado muro
Que adornó silvestre yedra
Y brotan de cada piedra
Una oración y un conjuro.
No hay un asilo seguro;
Ciérnese el ángel del mal;
Cada fosa sepulcral
Abrese ante fuerza extraña,
Y parece que en España
Comienza el juicio final.

Y entre la nube sombría
Que el denso polvo levanta,
El coro terrible espanta
De los gritos de agonía.
Y entre aquella vocería,
Con rostro desencajado,
El padre busca espantado,
Con ayes desgarradores
El nido de sus amores,
Entre escombros sepultado.

Convulsa, pálida errante,
Sobre el suelo que se agita
La madre se precipita
Por la angustia delirante;
Vuela en pos del hijo amante;
El rostro al abismo asoma
Lo llama llorando, y toma
Por voz del hijo querido,
La que acompaña al crujido
De un techo que se desploma.

En repentina orfandad,
Trémulas las manos tienden
Los niños, que no comprenden
Su espantosa soledad.
Tan sólo la caridad
Velará después por ellos,
Curando con sus destellos
su miseria y su aflicción:
¡Cómo no amarlos, si son
Tan inocentes, tan bellos!

¿Qué pecho no se conmueve
Ante cuadro tan sombrío,
Que al corazón más bravío
A contemplar no se atreve?
Ante el infortunio aleve
¿Quién no es noble? ¿quién no es bueno?
¿Quién de piedad no está lleno,
Cuando es la virtud mayor,
Aun más que el propio dolor,
Sentir el dolor ajeno?

Manda ¡oh, noble patria mía!
La ofrenda de tus piedades
A las hoy tristes ciudades
De la hermosa Andalucía.
No es favor, es hidalguía;
Es deber, no vanidad.
Llamen otro Caridad
Estos óbolos del hombre,
Tienen nombre, sólo un nombre;
Se llaman Fraternidad.

Con tierno entusiasmo santo,
Mezcla ¡oh patria amante y buena!
Esa pena con tu pena,
Ese llanto con tu llanto.
Si al mirar ese quebranto,
Tu triste historia repasas,
Verás que angustias no escasas
Pasó, entre llantos prolijos,
Por amparar a tus hijos
Bartolomé de las Casas.