Estival, Rubén Darío

El poeta utiliza la metáfora del tigre de bengala para hablar de la mujer que está excitada y busca pareja. Su excitación es física y mental. Todo lo rodea el sexo. Siente calor en todo lo que le rodea. Alrededor, toda la fauna huye del sol, todo se ralentiza. Es la época del apareamiento, el verano. Es la época del sexo.

Físicamente, la hembra siente que su cuerpo cambia, está más receptiva y sus pechos lo hacen notar. Ella sabe que es deseable. Sigue siendo una fiera y, al mismo tiempo, cuida su belleza exterior. Muestra a todos su belleza, su cuerpo y su sensualidad y sexualidad. Busca alguien que esté a su altura.

Un tigre, metáfora del hombre, aparece y la sorprende por su porte, grandeza, belleza y personalidad. Es también muestra su belleza. Comienza la seducción hacia ella con los ritos de apareamiento. Es poderoso y la desea. El paso del tigre es firme y el deseo está presente frente a ella. Es la cabeza de la manada, es el que todos respetan.

De la misma forma que en otros lugares y espacios hay un macho dominante, aquí ese macho es este tigre. Al final, el tigre la monta y la hace suya. El acto sexual se culmina físicamente como se espera del macho y como debe recibirlo la hembra en esas circunstancias. A diferencia del ser humano, todo se reduce al instante animal y sexual, a lo físico, a la pasión desbordante.

El poema avanza y en la segunda parte nos adentramos en una jornada de cacería de un noble. Este presencia la escena de los tigres y parece que desea cazarlos. Los tigres descansan y no son conscientes de cómo se acercan los cazadores. El disparo del cazador retumba en la selva. El tigre vive, la hembra muere mirando al cazador.

El tigre que se ha salvado está dormido y sueña tramando venganza, deseando acabar con mujeres y niños, arrebatando al ser humano lo que le quitaron: sus futuras crías y a su hembra. Lo que parecía un poema hermoso al principio, se convierte en una venganza, en dolor, en el deseo de muerte y exterminio de aquellos que acabaron con la vida su hembra.


Nota de Susana Marín.
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Poema original: Estival

I

La tigre de Bengala 1
con su lustrosa piel manchada a trechos, 2
está alegre y gentil, está de gala. 3
Salta de los repechos 4
de un ribazo, al tupido 5
carrizal de un bambú; luego a la roca 6
que se yergue a la entrada de su gruta. 7
Allí lanza un rugido, 8
se agita como loca 9
y eriza de placer su piel hirsuta. 10

La fiera virgen ama. 11
Es el mes del ardor. Parece el suelo 12
rescoldo; y en el cielo 13
el sol inmensa llama. 14
Por el ramaje oscuro 15
salta huyendo el kanguro. 16
El boa se infla, duerme, se calienta 17
a la tórrida lumbre; 18
el pájaro se sienta 19
a reposar sobre la verde cumbre. 20

Siéntense vahos de horno: 21
y la selva indiana 22
en alas del bochorno, 23
lanza, bajo el sereno 24
cielo, un soplo de sí. La tigre ufana 25
respira a pulmón lleno, 26
y al verse hermosa, altiva, soberana, 27
le late el corazón, se le hincha el seno. 28

Contempla su gran zarpa, en ella la uña 29
de marfil; luego toca, 30
el filo de una roca, 31
y prueba y lo rasguña. 32
Mírase luego el flanco 33
que azota con el rabo puntiagudo 34
de color negro y blanco, 35
y móvil y felpudo; 36
luego el vientre. En seguida 37
abre las anchas fauces, altanera 38
como reina que exige vasallaje; 39
después husmea, busca, va. La fiera 40
exhala algo a manera 41
de un suspiro salvaje. 42
Un rugido callado 43
escuchó. Con presteza 44
volvió la vista de uno a otro lado. 45
Y chispeó su ojo verde y dilatado 46
cuando miró de un tigre la cabeza 47
surgir sobre la cima de un collado. 48
El tigre se acercaba. 49
Era muy bello. 50
Gigantesca la talla, el pelo fino, 51
apretado el ijar, robusto el cuello, 52
era un don Juan felino 53
en el bosque. Anda a trancos 54
callados; ve a la tigre inquieta, sola, 55
y le muestra los blancos 56
dientes; y luego arbola 57
con donaire la cola. 58
Al caminar se vía 59
su cuerpo ondear, con garbo y bizarría. 60
Se miraban los músculos hinchados 61
debajo de la piel. Y se diría 62
ser aquella alimaña 63
un rudo gladiador de la montaña. 64
Los pelos erizados 65
del labio relamía. Cuando andaba, 66
con su peso chafaba 67
la yerba verde y muelle, 68
y el ruido de su aliento semejaba 69
el resollar de un fuelle. 70
Él es, él es el rey. Cetro de oro 71
no, sino la ancha garra, 72
que se hinca recia en el testuz del toro 73
y las carnes desgarra. 74
La negra águila enorme, de pupilas 75
de fuego y corvo pico relumbrante, 76
tiene a Aquilón: las hondas y tranquilas 77
aguas, el gran caimán; el elefante, 78
la cañada y la estepa; 79
la víbora, los juncos por do trepa; 80
y su caliente nido, 81
del árbol suspendido, 82
el ave dulce y tierna 83
que ama la primer luz. 84
Él la caverna. 85
No envidia al león la crin, ni al potro rudo 86
el casco, ni al membrudo 87
hipopótamo el lomo corpulento, 88
quien bajo los ramajes de copudo 89
baobab, ruge al viento. 90

Así va el orgulloso, llega, halaga; 91
corresponde la tigre que le espera, 92
y con caricias las caricias paga, 93
en su salvaje ardor, la carnicera. 94

Después, el misterioso 95
tacto, las impulsivas 96
fuerzas que arrastran con poder pasmoso; 97
y, ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso 98
bajo las vastas selvas primitivas. 99
No el de las musas de las blandas horas 100
suaves, expresivas, 101
en las rientes auroras 102
y las azules noches pensativas; 103
sino el que todo enciende, anima, exalta, 104
polen, savia, calor, nervio, corteza, 105
y en torrentes de vida brota y salta 106
del seno de la gran Naturaleza. 107

II

El príncipe de Gales va de caza 108
por bosques y por cerros, 109
con su gran servidumbre y con sus perros 110
de la más fina raza. 111

Acallando el tropel de los vasallos, 112
deteniendo traíllas y caballos, 113
con la mirada inquieta, 114
contempla a los dos tigres, de la gruta 115
a la entrada. Requiere la escopeta, 116
y avanza, y no se inmuta. 117

Las fieras se acarician. No han oído 118
tropel de cazadores. 119
A esos terribles seres, 120
embriagados de amores, 121
con cadenas de flores 122
se les hubiera uncido 123
a la nevada concha de Citeres 124
o al carro de Cupido. 125

El príncipe atrevido, 126
adelanta, se acerca, ya se para; 127
ya apunta y cierra un ojo; ya dispara; 128
ya del arma el estruendo 129
por el espeso bosque ha resonado. 130
El tigre sale huyendo, 131
y la hembra queda, el vientre desgarrado. 132
¡Oh, va a morir!... Pero antes, débil, yerta, 133
chorreando sangre por la herida abierta, 134
con ojo dolorido 135
miró a aquel cazador, lanzó un gemido 136
como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta. 137

III

Aquel macho que huyó, bravo y zahareño 138
a los rayos ardientes 139
del sol, en su cubil después dormía. 140
Entonces tuvo un sueño: 141
que enterraba las garras y los dientes 142
en vientres sonrosados 143
y pechos de mujer; y que engullía 144
por postres delicados 145
de comidas y cenas, 146
como tigre goloso entre golosos, 147
unas cuantas docenas 148
de niño tiernos, rubios y sabrosos. 149

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