Me Basta Así, Angel González

Para el poeta, la amada es la mujer que quiere, que ha buscado y si fueran omnipotente y pudiera crear su mujer ideal, sería ella, tal cual es, con su sabor, su tacto y su forma de ser. Para el poeta, lo bueno de la relación es que, aunque la ama, cada día es algo nuevo. No importa su pasado, sólo su presente y el futuro, al ser desconocido, no importa.

La amada es ella misma, vital, real y también es el punto de apoyo del poeta. Este se sorprende de todo lo que le aporta esta mujer y de lo que le sorprende cada día. Incluso en el silencio siente que está más cerca de ella. Por ello y por mucho más, él la ama y cree en ella y en su relación.

En este caso no hablamos de un amor ciego por parte del poeta hacia una mujer. Estamos ante una relación de entrega total mutua en la que el hombre, en este caso el poeta, ama a esta mujer sabiendo quién es ella realmente. Conoce su pasado y es feliz con el presente que ambos tienen en común.

No deifica a la mujer. Sin embargo es consciente de que para él, ella es la mujer perfecta. Y como es la mujer perfecta, también tiene imperfecciones, que es lo que aumenta la belleza de la misma y lo que aporta esa realidad que el poeta busca en una relación de pareja. Además, somos conscientes del amor que le profesa cuando leemos que, para él, ella es una persona que le aporta mucho cada día en todos los aspectos.

La temática amorosa es muy importante y casi esencial en la poesía. No podemos imaginarnos un escritor que no introduzca, para bien o para mal, el amor en alguno de sus versos. Sin embargo, lo bonito que tiene este poema es que lo hace de una manera natural, en primera persona y los lectores acompañamos al poeta en esa visión de una manera sencilla, casi con cariño y hasta cierto punto, con algo de envidia por la relación tan hermosa que se ha establecido entre ambas personas. Aquí podemos leer sobre el amor, sobre la confianza, sobre el cariño y también sobre el crecimiento mutuo como pareja.


Nota de Susana Marín. Mar. 2015

Poema original: Me Basta Así

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).