A la mar, Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo escribe un poema en el que el mar es el principal protagonista, en el que se le personifica y se le da un valor divino. Su fuerza, su belleza y todo lo que le inspira lo ha reflejado en estos versos. Estamos ante un poema que se mezcla la naturaleza, la divinidad y algunas referencias a pasajes bíblicos.

Así, en el primer cuarteto, el mar parece una loca a la que es imposible detener. Una fuerza que sólo puede ser encerrada con paredes de roca y la arena de la orilla. Pero su ímpetu, su ansia de ser libre hace que la marea siga una y otra vez luchando por avanzar un poco más y liberarse, por aumentar su reino.

En el segundo cuarteto continúa esa idea indicando que nada pueda detenerla salvo su propia soberbia, es decir, su propia voluntad. Será personalizada al hacerla consciente de su propia belleza y de sus fronteras naturales, así como de toda la riqueza que el mar contiene.

En el primer terceto de este soneto, se habla de los espacios naturales y verdes que bordean muchos lugares donde llega. Así, se hace mención a algunos cultivos y bosques que están cerca de ella. La imagen que se da de ellos es la de ejércitos que detienen el embate del mar y su viento marino que, por oleadas intenta penetrar una y otra vez hacia el interior.

En el segundo terceto de este poema, el mar vuelve a verse como una presa que no puede escapar y todo su poder, su belleza y riquezas están encerradas. Además de esto, se le da un carácter divino a su poder siendo una prolongación de la ira de Dios contra el hombre, quizá un recuerdo o una referencia a Noé y a su arca y como Dios castigó al hombre al no cumplir sus designios.

Este pequeño poema encierra mucha fuerza porque nos presenta un elemento de la naturaleza, como es el mar, pero completamente aislado, loco, lleno de fuerza y con un ímpetu casi sobrenatural, cuyo mayor deseo es avanzar y hacer cumplir la ley de Dios. Pocas son las barreras que pueden detenerlo y, aun así, no se detiene y a cada paso, a cada hora que llega la orilla, es una pequeña distancia que va ganando día tras día, para recordarle al hombre que siempre está vigilante y esperando su momento.


Nota de Susana Marín. Mar. 2014

Poema original: A la mar

La voluntad de Dios por grillos tienes,
Y escrita en la arena, ley te humilla;
Y por besarla llegas a la orilla,
Mar obediente, a fuerza de vaivenes.

En tu soberbia misma te detienes,
Que humilde eres bastante a resistilla;
A ti misma tu cárcel maravilla,
Rica, por nuestro mal, de nuestros bienes.

¿Quién dio al pino y la haya atrevimiento
De ocupar a los peces su morada,
Y al Lino de estorbar el paso al viento?

Sin duda el verte presa, encarcelada,
La codicia del oro macilento,
Ira de Dios al hombre encaminada.