Que tanto y tanto Amor se pudra, oh Dioses…, Eduardo Lizalde

Es el grito desgarrador de un ser vencido, una herida abierta que no cura. El lector de este poema puede fruncir el ceño a lo largo de sus primeros versos, pero al final comprende que el poeta, con amarga ironía, expone su fracaso, nuestro fracaso como seres humanos incapaces de perpetuar el amor.

Un ateo pidiendo un favor a los dioses… Así es Eduardo Lizalde, uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX. Cuenta el poeta en uno de sus escritos autobiográficos que cuando era niño se sintió preparado para hacer tres carreras con solvencia: las de pintor, cantante y poeta. La altivez del adolescente Lizalde pronto tornaría hacia la decepción y la amargura. Para ser bueno en algo, hay que trabajar. Evolucionar. Lizalde optó por la poesía y su carrera tuvo algunos traspiés, como el mismo advirtió a posteriori.

“Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses…” es un poema violento, incisivo, con un aire metafísico y existencialista muy habitual en la obra de madurez de Lizalde. El escritor mexicano inicia la pieza exhortando a los dioses. Esos dioses en los que él no cree. “No creo en Dios y el cielo está vacío”, dijo Lizalde una vez. Este poema se nutre de este desencanto vital, de esta desesperanza.

El amor se pudre, se disipa, se escapa entre los dedos y no nos queda otra opción más que la despedida. “Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses…” dice adiós al amor y la ternura. Pero duele, como constata en los últimos versos, duele desaparecer, perder, morir.

Este es el trasfondo del poema, pero en su superficie late la ironía, como ese enamorado que se sabe derrotado y ya no tiene nada que perder. La última bala es para nosotros mismos. Pero el amor, tema central del poema, no deja de ser la energía de nuestro mundo, que al fin y al cabo, no desaparece, se transforma, cambia. Y vuelve. Tal vez no sea tarde.

Fue con El tigre en la casa, publicado en 1970, cuando el escritor mexicano encontró su propia voz, al menos, así lo atestiguan muchos de los especialistas en la obra de Lizalde. Previamente, con Cada cosa es Babel (1966), ya había encauzado su estilo, pero El tigre en la casa fue la eclosión definitiva del poeta. El tigre, una figura que será clave en su obra, no en vano, publicaría hasta tres libros más con este animal en el título. ¿Por qué tigre? Es un símbolo con diferentes significados, tanto en Oriente como en Occidente: pasión, violencia, lealtad, muerte, agresividad… De todo hay en la poesía de Lizalde.


Nota de David Rubio.
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Poema original: Que tanto y tanto Amor se pudra, oh Dioses…

Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses; 1
que se pierda 2
tanto increíble amor. 3
Que nada quede, amigos, 4
de esos mares de amor, 5
de estas verduras pobres de las eras 6
que las vacas devoran 7
lamiendo el otro lado del césped, 8
lanzando a nuestros pastos 9
las manadas de hidras y langostas 10
de sus lenguas calientes. 11

Como si el verde pasto celestial, 12
el mismo océano, salado como arenque, 13
hirvieran. 14
Que tanto y tanto amor 15
y tanto vuelo entre unos cuerpos 16
al abordaje apenas de su lecho se desplome. 17

Que una sola munición de estaño luminoso, 18
una bala pequeña, 19
un perdigón inocuo para un pato, 20
derrumbe al mismo tiempo todas las bandadas 21
y desgarre el cielo con sus plumas. 22

Que el oro mismo estalle sin motivo. 23
Que un amor capaz de convertir al sapo en rosa 24
se destroce. 25

Que tanto y tanto amor, una vez más, y tanto, 26
tanto imposible amor inexpresable, 27
nos vuelva tontos, monos sin sentido. 28

Que tanto amor queme sus naves 29
antes de llegar a tierra. 30

Es esto, dioses, poderosos amigos, perros, 31
niños, animales domésticos, señores, 32
lo que duele. 33

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