Pobre Desdémona, Eduardo Lizalde

El poema se inicia con una referencia a un poema de Bécquer. El poeta habla de los deseos de la amada que chocan con la realidad que la rodea. Tiene sueños maravillosos acerca del amor. Ella siente que está en la primavera, en la que hay una explosión de colores y olores.

Se nos presenta todo como una relación ideal: el sabor de la fruta que toman, los cojines de plumas, olores maravillosos y el amor que envuelve a ambos en la cama. Cuando despierta la mujer el poeta nos describe un cambio trascendental en su rostro. Todo ese sueño primaveral se transforma en otoño, invierno.

Ella ha dejado de quererlo y quiere volver a sentir esa primavera que ya se fue. Para ella él es un lastre y quiere cortar el lazo que los une. El poeta quiere que descanse y que sea realista porque él la quiere. Pero para ella las flores vuelven a ser el estampado de las telas y la luz primaveral sólo es el color de la pintura del techo. La fruta y sus colores son manchas de sangre. El amor ya no existe, ella ya no le ama y quiere irse.

Cuando acabamos de leer el poema nos vienen a la mente diferentes interpretaciones que podemos tomar y justificarlas perfectamente. Una primera lectura nos muestra en un principio una joven angelical que buscar el amor y que, al final del encuentro amoroso, desea finalizar la relación con el poeta.

Sin embargo también podemos realizar una interpretación que puede ser más chocante. Esa interpretación es la de la intencionalidad de la joven para tener una relación por con el poeta y dejar así de ser virgen, de ahí la imagen de las manchas de sangre en las sábanas.

Estaríamos entonces ante el propósito de la joven por perder esa virginidad y poder así iniciar una nueva vida que para nada tenía pensada con el poeta. Es como una liberación, como el desear pasar a ser de niña o joven a mujer a través de la sexualidad consentida y sabiendo que lo hace para conseguir un fin que ella considera mejor.


Nota de Susana Marín. Ago. 2015

Poema original: Pobre Desdémona

¡Oh, si las flores duermen,
que dulcísimo sueño!

Bécquer (naturalmente)



La espalda de esta luz
son esos sueños tuyos, amada,
que duelen al soñarse
y que hacen florecer las prímulas
y azahares en tus flancos.

Y caen del lecho moras
de grueso jugo, cuando sueñas;
y zarzarrosas crecen
bajo el cojín de pluma;
y tiernos gansos pican,
bajo el tálamo, hierbas prodigiosas
del sueño enternecido.

Despiertas luego: me miras,
descubres en mis ojos la muerte;
ves en mi mano flores
arrancadas al sueño que soñabas
y se deshacen lentas,
como el mundo del sueño
que pasa a la vigilia,
como el flotante polen
del jardín distraído
hacia los muladares.

Los pelos de la burra
en esta mano
que ha de cortar tu vida.

Vuelve a dormir, te digo,
en un dormir sin sueño
y sin campánulas.

Las flores se diluyen plenamente;
vuelven a ser remate de las telas.
Los gansos vuelan torpes hacia el azul del techo.

Las moras son tranquilas manchas
de sangre remolida
que el tigre deja ahora
al balancear su hocico.
Y ya no existe el sueño.