Soneto I, Shakespeare

A William Shakespeare se le conocerá indefectiblemente por su faceta como dramaturgo, qué duda cabe. No obstante, esta pluma de oro de la literatura inglesa cultivó el soneto y también vertió su ingenio en las letras de amor.

En este primer soneto, dedicado a Lord Southampton junto a los 18 siguientes (así lo han querido ver los estudiosos), Shakespeare, que conocía bien los propósitos de Southampton y compañero conocedor de sus aventuras amorosas, desea inclinarle al matrimonio cuando avista en él una actitud disipada ante la vida. El poeta pretende, pues, mostrarle las irresistibles delicias de la vida conyugal advirtiéndole de lo mal que trata la vejez a los hombres, como si quisiera de alguna manera avisarle de que sólo hay una oportunidad para llevarlo a cabo y acaso fuese aquel el momento preciso.

Hay que añadir que, como sucede con las traducciones, sobre todo en las inglesas, podemos encontrar importantes variantes según el traductor. Es muy difundida la versión del escritor argentino Manuel Mujica Láinez, también las hay recientes como la de Bernardo Santano Moreno, de quien tomamos la versificación y cuya versión incorpora una segunda traducción literal.

Muy sutilmente Shakespeare ampara al amigo que se vanagloria de sus conquistas amorosas cayendo en el descrédito del orgulloso (“Mas presa tú del brillo de tus ojos / tu propia luz avivas con tu esencia”). Le advierte de las terribles consecuencias de esta pavoneante actitud: “dejando de abundancia los despojos, / tu dulce ser malogras sin clemencia”.

En ese tono que sólo Shakespeare domina (conquistado más adelante por Calderón), hace que Southampton se sumerja en las profundidades de su propio abismo para volver a emerger gracias a la belleza moral que el amigo le propone con cariño. Insiste en el derroche de la materia superficial y el abandono de una vida mucho más feliz y concurrida (“Ahora eres del mundo fresco orgullo / solo heraldo de alegre primavera”) con la noble intención de alejarle de los peligros del éxito y hacerle ver, de ese modo, que todo aquello cuanto ansía no se halla en la hombría frente a las mujeres, sino en el interior de los hombres, en su interior: “enterrando tu esencia en tu capullo, / te gastas, infeliz, de forma austera”. Para terminar diciéndole que una vida así sólo puede llevarle a la muerte porque ella es muerte misma: “Apiádate del mundo o, devorado, / se acabará en la tumba tu legado.”


Nota de Mario Sánchez.
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Poema original: Soneto I

Queremos que propaguen, las más bellas criaturas, 1
su especie, porque nunca, pueda morir la rosa 2
y cuando el ser maduro, decaiga por el tiempo 3
perpetúe su memoria, su joven heredero. 4

Pero tú, dedicado a tus brillantes ojos, 5
alimentas la llama, de tu luz con tu esencia, 6
creando carestía, donde existe abundancia. 7
Tú, tu propio enemigo, eres cruel con tu alma. 8

Tú, que eres el fragante, adorno de este mundo, 9
la única bandera, que anuncia primaveras, 10
en tu propio capullo, sepultas tu alegría 11
y haces, dulce tacaño, derroche en la avaricia. 12

Apiádate del mundo, o entre la tumba y tú, 13
devoraréis el bien que a este mundo se debe. 14

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