El Idilio de los Volcanes, Santos Chocano

José Santos nos habla en este poema de la historia del origen de dos volcanes que tiene su origen en una historia de amor. Estamos ante un poema en el que la creencia popular está presente, la mitología está enraizada en la sociedad de muchas maneras, en este caso en el origen volcánico de una zona.

Así, Popocatépetl, que desea a la hija del rey y el favor de este, se presenta ante el padre para expresar lo que quiere. El padre acepta a cambio de que el guerrero mate al cacique enemigo del reino. Tras arduas batallas, dolor, inclemencias, etc., el guerrero vuelve con la cabeza del cacique en la pica. Pero su alegría dura poco y no puede disfrutar de lo que más desea, el amor de la hija del rey, ya que esta muere a su llegada.

El joven guerrero ordena sus esclavos que levanten un túmulo en el que enterrar a su amada. Una vez terminado la lleva en brazos hasta allí y se queda su lado, manteniendo la llama de una antorcha encendida en señal de amor eterno. El poeta contempla los volcanes y siente como esa historia, ese mito, se hace real en sus pensamientos. Los dos volcanes representan el amor de los dos amantes.

Como podemos observar, estamos ante una temática que ya ha sido utilizada por otros poetas: el del amor trágico e imposible. El poema tiene dos partes diferenciadas. Por un lado la ilusión del protagonista del poema del amor correspondido y, al mismo tiempo la necesidad de partir a la guerra para conseguir el favor del padre. Hasta aquí tendríamos una historia que no tiene nada de irreal.

Sin embargo el poema continúa y la parte mitológica, de leyenda aparece cuando el amado renuncia a seguir viviendo sin su amada y a enterrarse en vida con ella en la tumba de esta. De esta manera nos introduce en una historia que va evolucionando y transformándose en algo que la sociedad recoge en su cultura y que se convierte en algo socialmente aceptado y que, hasta cierto punto, se interpreta como cierto. El poeta parece ser un transmisor de esa historia y cultura a través de su poema.


Nota de Susana Marín. Dic. 2014

Poema original: El Idilio de los Volcanes

El Ixtlacíhuatl traza la figura yacente
de una mujer dormida bajo el Sol.
El Popocatépetl flamea en los siglos
como una apocalíptica visión;
y estos dos volcanes solemnes
tienen una historia de amor,
digna de ser cantada en las compilaciones
de una extraordinaria canción.

Ixtacíhuatl --hace miles de años--
fue la princesa más parecida a una flor,
que en la tribu de los viejos caciques
del más gentil capitán se enamoró.
El padre augustamente abrió los labios
y díjole al capitán seductor
que si tornaba un día con la cabeza
del cacique enemigo clavada en su lanzón,
encontraría preparados, a un tiempo mismo,
el festín de su triunfo y el lecho de su amor.

Y Popocatépetl fuese a la guerra
con esta esperanza en el corazón:
domó las rebeldías de las selvas obstinadas,
el motín de los riscos contra su paso vencedor,
la osadía despeñada de los torrentes,
la acechanza de los pantanos en traición;
y contra cientos y cientos de soldados,
por años gallardamente combatió.

Al fin tornó a tribu (y la cabeza
del cacique enemigo sangraba en su lanzón).
Halló el festín del triunfo preparado,
pero no así el lecho de su amor;
en vez de lecho encontró el túmulo
en que su novia, dormida bajo el Sol,
esperaba en su frente el beso póstumo
de la boca que nunca en la vida besó.

Y Popocatépetl quebró en sus rodillas
el haz de flechas; y, en una solo voz,
conjuró la sombra de sus antepasados
contra la crueldad de su impasible Dios.
Era la vida suya, muy suya,
porque contra la muerte ganó:
tenía el triunfo, la riqueza, el poderío,
pero no tenía el amor...

Entonces hizo que veinte mil esclavos
alzaran un gran túmulo ante el Sol
amontonó diez cumbres
en una escalinata como alucinación;
tomó en sus brazos a la mujer amada,
y el mismo sobre el túmulo la colocó;
luego, encendió una antorcha, y, para siempre,
quedóse en pie alumbrando el sarcófago de su dolor.

Duerme en paz, Ixtacíhuatl nunca los tiempos
borrarán los perfiles de tu expresión.
Vela en paz. Popocatépetl: nunca los huracanes
apagarán tu antorcha, eterna como el amor...