Espantapájaros, Oliverio Girondo

En este poema encontramos una temática que no suele ser habitual en la forma en la que estamos acostumbrados a leer. No habla de un amor basado en la belleza física. En este poema nos habla de la belleza interior de la persona que, aunque no sea hermosa por fuera, es algo que realmente lo enamora, le hace vibrar y le hace sentir por esa mujer mucho más que por solamente una cara bonita.

Para el poeta cada mujer es bella. No importa cómo sea ni cuáles son sus atributos, bellezas o fealdades. Sin embargo, la mujer que a él le llena de verdad, la que ama sinceramente es la que vuela, esa mujer que sueña, que se siente libre y está viva. Ejemplo de ella es esa María Luisa.

No era una mujer agraciada pero despertaba en el las ansias de vivir. Su forma de ser atrapaba y despertaba todo tipo de deseos físicos y emocionales en el poeta. Con ella perdía la noción del tiempo. Era tanto lo que le llenaba, que ninguna otra mujer le podría dar lo mismo. Para el poeta, una mujer que no vuelve, que no sueñe, etc., es como un animal que no hace otra cosa más que lo mismo cada día, sin esperar nada más. Por eso, para seducirlo, no le vale una mujer cualquiera.

Es importante ver cómo con pocas palabras el poeta es capaz de expresar algo que puede ser difícil de explicar. En la mayoría de la literatura y, en concreto en la poesía, la belleza física es algo que revoluciona a los poetas, que los atrae. Sin embargo, la parte emocional de la amada suele quedar en un segundo plano, a menos que sea importante para el poeta. En este caso es esencial esta riqueza interior de la mujer para que el escritor se sienta atraído hacia ella.

No estamos ante un poema común porque no se ensalza la belleza física. Se incide directa y únicamente en la belleza interior, que es la que realmente mueve el sentimiento del poeta y de los versos que escribe. No es que busqué una mujer que no sea bella, sino que lo que prima sobre la belleza física es el interior, el cómo es verdaderamente la mujer, la persona por la que se puede sentir atraído.


Nota de Susana Marín. Dic. 2014

Poema original: Espantapájaros

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible

- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?

¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?

¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.