Enseña cómo todas las Cosas Avisan de la Muerte, Francisco de Quevedo

El poeta nos habla del declive del imperio español, de su destrucción, de la pérdida de poder. El tiempo le ha arrebatado aquello que logró conquistar. De la misma forma que el sol derrite el hielo y seca agua, la sequía afecta al ganado, al que puede matar de sed. Y eso es lo que parece que ha sucedido con el imperio español: toda la abundancia, toda esa agua, ha desaparecido y solo queda un erial.

El poeta, mayor, es consciente de que su casa también padece el paso del tiempo y está corrompida por este. Se ve más débil y enfermo y para ello usa la imagen del bastón y de cómo este poco a poco se comba y parece quebrarse como su vida. Siente los años en su cuerpo y es entonces cuando se da cuenta de lo cerca que está la muerte y de cómo la imagen de esta cada vez se hace más presente.

De la misma forma que el poder del imperio español se va desvaneciendo y los territorios se van perdiendo, el poeta también es consciente del paso del tiempo en su cuerpo y como su decrepitud va pareja a la de esa España en la que nunca se ocultaba el sol. La esencia del poema es esta: el tiempo pasa para todos y desde el momento en que nacemos damos pequeños pasos para nuestro fin, para la muerte. De la misma manera, el imperio español llegó a su máximo poder con el descubrimiento de América y otras colonias y fue, desde ese momento también, que empezó a desaparecer, a morir poco a poco.

Es por ello que, cuando acabamos de leer este poema, hay dos temas principales en el: la muerte y el paso del tiempo, que están interconectados y sirven para describir la muerte física y también el final de un camino vital o, como también ocupa este poema, el final del poder de una nación. De la misma manera que todos son achaques para el poeta, España sufren pérdidas de territorios, en batallas que poco a poco estaban consumiendo y la van reduciendo en tamaño, en poder y en nación.


Nota de Paulo Altamirano.
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Poema original: Enseña cómo todas las Cosas Avisan de la Muerte

Miré los muros de la Patria mía, 1
Si un tiempo fuertes, ya desmoronados, 2
De la carrera de la edad cansados, 3
Por quien caduca ya su valentía. 4

Salíme al Campo, vi que el Sol bebía 5
Los arroyos del hielo desatados, 6
Y del Monte quejosos los ganados, 7
Que con sombras hurtó su luz al día. 8

Entré en mi Casa; vi que, amancillada, 9
De anciana habitación era despojos; 10
Mi báculo más corvo y menos fuerte. 11

Vencida de la edad sentí mi espada, 12
Y no hallé cosa en que poner los ojos 13
Que no fuese recuerdo de la muerte. 14

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