Canto, Silvina Ocampo

La poeta siente que todo su ser, ella misma, no tiene nada que sienta como propio, desde un punto de vista personal y emocional. Nadie la escucha y cree que nadie la ve. Parece que se lo han dado todo hecho, ha tenido todo y todo se ha ido, nada ha permanecido.

No se siente ella misma con otras personas. A su lado hay hipocresía. Recuerda a una mujer que ha odiado y también el perfume de otra en la ropa de su pareja, de su amado. Ella fue también la amante de un hombre adinerado que tenía un barco. Ella es celosa e hiriente, es atractiva y sensual.

Recuerda las conversaciones, amores y libros, una vida plena. También es consciente de que ha sido una mujer que no ha querido comprometerse. Es por ello que sus relaciones no han sido duraderas y tampoco ha tenido hijos. Sabe lo que hablan de ella. Tanto quiso que al final no tuvo nada. Nada se puede retener.

Al final todo se va, escapa de la misma forma. Nada se puede retener, ella misma ha cambiado. Su yo se ha ido también transformándose otro diferente. Estamos ante una transformación íntima y personal de la protagonista del poema. Emocionalmente no ha tenido ninguna estabilidad y personalmente se aleja del estereotipo de mujer que desea familia y una relación estable. Ha decidido vivir su vida de una manera intensa durante un tiempo y, finalmente, se ha dado cuenta de que todo lo vivido no ha servido para nada porque se encuentra sola, sin nadie y sin nada.

Es por ello que toma la decisión personal de realizar un cambio existencial en su vida. No solamente busca un cambio físico sino también espiritual. Busca la transformación con la que reiniciar su vida, con la que comenzar una nueva trayectoria vital.

Estamos ante un poema en el que sentimos que todo se reduce a la pérdida progresiva de uno mismo, a la pérdida progresiva de las relaciones sociales y de la afectividad. Vemos como hay un proceso que se inicia con una evolución positiva de una mujer hasta que lo consigue todo y, a partir de ahí, no es capaz de mantenerlo. La decisión de no implicarse desde el punto de vista personal, hace que todo aquello que tiene vaya desapareciendo definitivamente.


Nota de Susana Marín. Ago. 2015

Poema original: Canto

¡Ah, nada, nada es mío!
Ni el tono de mi voz, ni mis ausentes manos,
ni mis brazos lejanos.
Todo lo he recibido. Ah, nada, nada es mío.
Soy como los reflejos de un lago tenebroso
o el eco de las voces en el fondo de un pozo
azul cuando ha llovido.
Todo lo he recibido:
como el agua o el cristal
que se transforma en cualquier cosa,
en humo, en espiral,
en edificio, en pez, en piedra, en rosa.
Son distinta de mí, tan diferente,
como algunas personas cuando están entre gente.
Soy todos los lugares que en mi vida he amado.
Soy la mujer que más he detestado
y ese perfume que me hirió una noche
con los decretos de un destino incierto.
Soy las sombras que entraban en un coche,
la luminosidad de un puerto,
los secretos abrazos, ocultos en los ojos.
Soy de los celos, el cuchillo,
y los dolores con heridas, rojos.
De las miradas ávidas y largas soy el brillo.
Soy la voz que escuché detrás de las persianas,
la luz, el aire sobre las lambercianas.
Soy todas las palabras que adoré
en los labios y libros que admiré.
Soy el lebrel que huyó en la lejanía,
la rama solitaria entre las ramas.
Soy la felicidad de un día,
el rumor de las llamas.
Soy la pobreza de los pies desnudos,
con niños que se alejan, mudos.
Soy lo que no me han dicho y he sabido.
¡Ah, quise yo que todo fuera mío!
Soy todo lo que ya he perdido.
Mas todo es inasible como el viento y el río,
como las flores de oro en los veranos
que mueren en las manos.
Soy todo, pero nada es mío,
ni el dolor, ni la dicha, ni el espanto,
ni las palabras de mi canto.