Canto para acunar, William Blake

Dentro del complejo universo simbólico de William Blake, intentar analizar uno sólo de sus poemas requiere de una delicadeza extra. Delicadeza porque abordar semejante entramado espiritual merece una atención especial. Este poliédrico artista publica en 1789 un poemario escrito para niños, Canciones de Inocencia, clave en su obra y que luego reafirmaría con la segunda parte, Canciones de Experiencia (1794).

Lo primero que habría que tener en cuenta para adentrarse en la poesía de Blake es su profunda simbología mitológica. Lo insólito es la fundación de un sistema espiritual completamente nuevo, de ahí que fuera tan denigrado y denostado en vida, rozando la incomprensión y convirtiéndose así en un personaje incomprendido, una suerte de abanderado –avant la lettre– poeta maldito que sirvió al Romanticismo (no al inglés, todo hay que decirlo) para colocar una de sus primeras piedras fundacionales. Una de las principales razones que explicarían esta simpatía de los románticos es la simpatía de Blake por un arte individual en detrimento del Estado.

En Una canción de cuna se ven ya muchos de los rasgos definitorios de este artista total. El sueño, el artista-niño o el Dios-niño aparecen de manera explícita en cada uno de los versos de este poema. Si bien hay que reparar en la sonoridad de la métrica original donde el sonido “s” destaca por encima del resto, el ritmo del verso traducido no se aleja de la fidelidad del poema, que se constata de este modo en una marcada aliteración de carácter intencionado.

Su adscripción a una corriente de pensamiento que para nada entroncaba con la razón ilustrada de autores como Locke, Voltaire, o de poetas como Dryden, Pope o Collins (recordemos el nombre de uno de sus personajes más célebres, el anciano cruel y terrorífico Urizen, que bien podría ser la contracción de “your reason”), le llevó a encarnar esa tendencia vitalista enraizada en la tradición mística y que abogaba por procesos ontológicos desde el interior del hombre-artista.

En este poema se narra una petición, un ruego por un niño que duerme. A Blake no le hace falta ningún pretexto para personificar al sueño benefactor que en realidad reclama para sí: “Dulce sueño, Ángel tranquilo, / vuela sobre mi alegre chiquillo”. A esta expresividad sin precedentes, uno de los rasgos más emotivos del poeta, se le añade una peculiar desmesura emparentada con el titanismo de un Miguel Ángel, que ni es del todo errónea ni por entero deliberada.

En su obra escrita se alude a la divinidad, pero es una divinidad multiforme que adquiere distintos aspectos, a pesar de tener similitudes con el filohebraismo. Evidentemente asistimos a la prefiguración de un salvador que no posee forma, pero el mensaje final que se plantea es cristalino.


Nota de Mario Sánchez. Oct. 2013

Poema original: Canto para acunar

Dulces sueños, formad una pantalla
Sobre la linda cabeza de mi niño;
dulces sueños de agradables corrientes
bajo rayos de luna felices y silenciosos.

Dulce sueño, que tus cejas tejan
con suave felpa una corona infantil;
dulce sueño, Ángel terso,
fluctúa sobre mi niño dichoso.
Dulces sonrisas, durante la noche
meceos sobre mi encanto;
dulces sonrisas, sonrisas de Madre,
cautivad la noche interminable.
Dulces lamentos, suspiros de paloma,
no alejéis el letargo de tus ojos,
dulces lamentos, sonrisas aún más dulces,
cautivad todos los lamentos de paloma.
Duerme, duerme, niño afortunado,
que toda la creación duerme y sonríe;
duerme, duerme felices sueños,
mientras tu madre llora sobre ti.

Dulce bebé, en tu rostro
puedo discernir la santa imagen;
dulce bebé, otrora como tú
yacía tu hacedor y lloraba por mí.

Lloró por mí, por ti, por todos
cuando era apenas un pequeñito.
Su imagen siempre verás,
rostro celestial que sobre ti sonríe,
A ti, a mí, a todos les sonríe;
quien se volvió un pequeñito.
Las sonrisas infantiles son sus mismas
sonrisas;
y cautivan con paz el cielo y la tierra.