Hoy me gusta la vida mucho menos…, César Vallejo

El poeta es consciente del paso del tiempo. Quiere extraer lo mejor de la vida, de momentos que le llenen. Cuánta más vida desea descubrir, la muerte se presenta como un hecho luctuoso y que le daña. En este caso la muerte de los padres. La tristeza de su desaparición, la agonía de los rituales que van aparejados con la muerte, le hacen sentirse peor.

Sin embargo, aunque la muerte de sus padres le ha afectado, su vida continúa, fuera, en París, y el recuerdo de la muerte está presente. El no ceja en su empeño de vivir plenamente su camino. Los aguaceros que presencia desde el hospital, también le han afectado y se ve a sí mismo diferente, mental y físicamente. El paso del tiempo está ahí. Al final, el poeta sabe que la vida es finita y que a todos nos llegará la hora, pero ha escogido deseando extraer lo mejor de su camino vital.

En este caso, cuando leemos este poema llegamos a unas conclusiones que nos hacen sentir bien. Por un lado la conciencia de que la muerte es algo que llevamos con nosotros desde que nacemos, que nos afecta cuando desaparecen seres queridos, ya sean familiares, amigos, etc.

Pero también, por otro lado somos conscientes de que podemos optar por dos caminos: el primero de ellos es el de ser conformistas con lo que tenemos y dejarnos llevar por una vida rutinaria y, por otro lado, que es la opción del poeta, es la de continuar su vida intentando beber de la misma, extraer lo mejor hasta que llegue su momento, su final y la muerte se lo lleve de la mano.

El miedo a la muerte, por parte de protagonista, es algo que está presente a lo largo de los versos, sin embargo esto no le frena y no le impide seguir adelante, seguir trazando su propio camino vital. Esto le aporta una cierta valentía y al mismo tiempo. Como podemos intuir, la muerte es el fin de la vida del ser humano, pero antes de que llegue tenemos en nuestra propia mano el hacer lo que deseemos.


Nota de Susana Marín. Feb. 2015

Poema original: Hoy me gusta la vida mucho menos…

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tánta vida y jamás!
¡Tántos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla... Y repitiendo:
¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tántos años y siempre, siempre, siempre!

Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.

Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años,
y siempre, mucho siempre, siempre, siempre!