El Seminarista de los Ojos Negros, Miguel Ramos Carrión

En la poesía también aparece la temática de amores imposibles o trágicos que, a través de los versos, cuentan una historia que pretende captar la atención del lector. A través de los versos se narra una historia con imágenes que provocan todo tipo de sentimientos, tanto positivos como negativos, que hacen que el poema resulte más o menos convincente.

En este caso, el poeta nos habla de una joven que observa a diario a los seminaristas que pasean a cierta hora del día. Se fija en su ropa y el detalle que los reconoce como estudiantes. Uno de ellos también observa a la joven, pero con disimulo y con el cuidado de quien está estudiando para servir a Dios.

Ella es consciente de que es observada. El tiempo pasa y ella se enamora de él, quien le corresponde. Parece que quiere dejar sus votos por ella y es correspondido por su amada, quien también quiero dejarlo todo por él. Una mañana de lluvia y frío la muerte lo inunda todo con su canto y oración. Ha muerto uno de los seminaristas, el joven que ella amaba.

El amor hacia él hace que ella se recoja en su labor y oraciones, renunciando a todo, a la vida misma. Su rutina se convierte en observar siempre a los seminaristas que pasan juntos su ventana. El recuerdo de su amor y su pérdida no tiene consuelo y el llanto acude a sus ojos. No olvida al seminarista ni el color de sus ojos, que quedan grabados a fuego en su memoria y en su dolor.

En esta ocasión estamos hablando no solamente de la tragedia por la muerte de un amor, sino de que dos personas encuentran su alma gemela, a su amor verdadero y la muerte hace que la separación entre ellos inunda de dolor todo el poema. Desde la primera estrofa intuimos la temática, pero al mismo tiempo también sospechamos el final trágico del poema. Es un amor imposible, es un amor prohibido que no puede tener un final feliz y no solamente se cobra la vida de seminarista, sino también la vida de la protagonista, quien renuncia a todo para refugiarse en la soledad, en la tristeza y el dolor de recuerdo de su amado.


Nota de Susana Marín. Dic. 2014

Poema original: El Seminarista de los Ojos Negros

Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...