Relato de Sergio Stepansky, León De Greiff

El poeta siente que nuestra vida es una continua pérdida. Nuestro camino vital también lo es y avanzamos perdiendo. El poeta renuncia a su vida y la ofrece a los demás, no la quiere. Parece que entra en una espiral de dejarse arrastrar por todo aquello que haga que su vida esté en juego y no le importa.

Recurre a los versos del comienzo para insistir en que su vida carece de importancia. Sea bueno o malo, la cambia por algo que le haga sentir vivo. Emocionalmente se siente vacío. El sexo también es una manera de abandonarse y le da igual quién sea la persona con la que esté, sin importar el color de la piel, pelo, edad, tamaño, etcétera.

Busca algo que le haga sentir nuevamente, casi como algo histórico o mitológico. Ya sea religioso, rico o noble quiere un cambio. En este momento aparecen otras emociones del poeta relacionadas con ese cambio vital, que desea realizar por amor, la poesía o cualquier otro género literario, juego u objeto.

El poeta tiene la sensación de que incluso el lloro de una muñeca es un sentimiento mucho más real que los suyos propios. Siente que los hechos históricos son más interesantes que su propia vida. Su mente siente que no le ofrece nada. Todo es oscuridad y cree que su vida carece de sentido.

Cuando acabamos de leer el poema, tenemos una sensación parecida a la de otros poemas. Vemos una relación de estrofas encadenadas que giran una y otra vez sobre la misma idea: el cambio vital y la sensación de vacío del poeta. Es por ello que, como ocurre en otros, antes de llegar a la mitad del poema, queremos que se termine porque no aporta ningún tipo de elemento adicional al mismo.

Únicamente tenemos presente el vacío del poeta, su deseo de cambio y como todo lo que le rodea influye negativamente en su estado. El poeta no es feliz y no encuentra nada que lo anime, ya sea la literatura, en el amor, etcétera. Es como una cascada de sentimientos negativos que se repiten una y otra vez en el poema. En este caso en concreto, ni siquiera encontramos un atisbo de cambio en el final del poema, algo que en otros escritos ocurre.


Nota de Susana Marín. Mar. 2015

Poema original: Relato de Sergio Stepansky

¡Juego mi vida!
¡Bien poco valía!
¡La llevo perdida
sin remedio!

Erik Fjordsson.

Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida...

Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo...

La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
—en la periferia, en el medio,
y en el sub-fondo...—

Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.
Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo...:
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me da lo mismo:
lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo...

Todo, todo me da lo mismo:
todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
—por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota nubia;
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por una anilla de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno: —para echar a rodar la bola...

Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
la cambio por el collar
que le pintaron al gordo Capeto;
o por la ducha rígida que llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca...

o por esa muñeca que llora
como cualquier poeta.

Cambio mi vida —al fiado— por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra—
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas...

¡o por dos huequecillos minúsculos
—en las sienes— por donde se me fugue, en grises podres,
la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres...!

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida...