El pan nuestro, César Vallejo

La escarcha de la mañana alimenta la tierra cada día, como el desayuno. De la misma forma también alimenta la tierra de los cementerios. La soledad de una carreta abriéndose paso es la imagen del invierno, del sufrimiento, del paso del tiempo difícil.

El poeta nos habla de lo impersonal del mundo actual. Únicamente desea poder dar de comer a quien lo necesite, pero desea más que lo haga un Cristo descolgado y desclavado de su cruz que dé alimento, aliento y vida al ser humano. Para el poeta una oración para pedir el pan, el alimento de la fe es una oración por la esperanza.

El poeta no se considera digno de sí mismo y de su fe en Dios. Siente que no ha sido lo suficientemente bueno. Ahora que queda poco tiempo en su vida, sintiendo que volveremos a ser polvo, pide perdón por no haber podido hacer más por los demás, por no haber puesto más corazón en ello.

Un nuevo poema en el que el protagonista del poema duda de su fe, no porque no crea en Dios, sino porque no se considera digno. Es una persona buena, honrada que se entrega a los demás, pero también es consciente de la realidad que lo rodea y de cómo vivimos en una sociedad triste, egoísta y que tiene una falta de fe muy importante.

Está en la última etapa de su vida, como nos indica en uno de sus versos y siente que le falta tiempo para ser mejor persona. Esa sensación de no ser digno de Dios, es la que le hace pensar que ha podido hacer más por los demás, que ha podido ser mejor persona y que le falta tiempo para poder hacer mejores actos de amor hacia los demás.

Sin embargo, cuando ahondamos en el poema, vemos que parece que Dios no piensa lo mismo. Vemos que al final, aunque el protagonista del poema siente que no ha hecho todo lo que podía por ser mejor y por dar mucho más aquellos que tienen menos o no tienen nada, el lector siente que ha hecho un acto de generosidad propio de la divinidad y por eso aprueba todo lo que este hombre haya podido hacer.


Nota de Susana Marín. Feb. 2015

Poema original: El pan nuestro

Se bebe el desayuno... Húmeda tierra
de cementerio huele a sangre amada.
Ciudad de invierno... La mordaz cruzada
de una carreta que arrastrar parece
una emoción de ayuno encadenada!

Se quisiera tocar todas las puertas,
y preguntar por no sé quién; y luego
ver a los pobres, y, llorando quedos,
dar pedacitos de pan fresco a todos.
Y saquear a los ricos sus viñedos
con las dos manos santas
que a un golpe de luz
volaron desclavadas de la Cruz!

Pestaña matinal, no os levantéis!
¡El pan nuestro de cada día dánoslo,
Señor...!

Todos mis huesos son ajenos;
yo talvez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón... A dónde iré!

Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,
y suplicar a no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón...!