Finjamos Que Soy Feliz, Sor Juana Inés de la Cruz

La poeta está en un estado de tristeza profundo y es desdichada. El criterio de cada uno de nosotros es diferente y hay tantas opiniones como personas. Éstas y sus gustos varían los unos de los otros. Hay incluso una referencia a la filosofía en la que ninguno de sus protagonistas está de acuerdo con lo que pueda decir el otro, con lo que la comunicación es imposible.

Esta diferencia de criterio hace que el ser humano tenga la necesidad de buscar un grupo, de que identificarse. Esto hace que, en muchas ocasiones, cada uno busque tener razón aunque no la tenga. Al final todos son iguales. La poeta se dirige al hombre indicando que éste no es quién para juzgar porque no es justo, porque se decanta por lo peor en la mayoría de las ocasiones. Incluso indica que el pensamiento natural del hombre tiende siempre a lo malo, lo negativo.

Ante una afrenta, el ser humano busca venganza, bien a través de la muerte de quien le haya hecho mal o, si lo vemos el punto de vista literario o narrativo, etc., humillando o perjudicando. Critica la ignorancia de muchos, que se las dan de grandes sabios sin saber nada y presumen de ello. También critica al erudito, que termina siendo egocéntrico y buscando únicamente el halago. Si no cuidamos nuestro ego y lo refrenamos, la caída puede ser peor que la subida, pudiendo perderlo todo.

Hay una crítica también al sentido de familia de muchos, que sólo buscan tener hijos por tener o apartarlos si no los quieren. También ataca a quienes no desean un hijo y hacen todo lo posible para que no nazca, provocando daños irreparables en los mismos, provocándole todo tipo de problemas, minusvalías, etc.

La poeta cree que la sociedad se empeñado en saber tanto que se ha olvidado de vivir. La sabiduría errónea ha llevado al hombre a ser un ser con miedo. Finalmente, ésta decide finalizar abruptamente el poema porque el escribir le quita tiempo, le quita vida y, al mismo tiempo, el poder disfrutar de la misma.

Por muchos siglos que pasen, escritores que publiquen, etc., etc., etc., la temática de este poema sigue estando en vigor y sigue siendo válida para describir muchos de los males que afectan a la sociedad actual. Sin embargo, podemos insistir en lo que comentábamos en otro de los poemas de esta misma escritora. Si bien es cierto que ataca al hombre, tampoco defiende a la mujer, que queda siempre en un segundo plano. Es por ello que estos versos son más dogmáticos que aplicables a la realidad actual e incluso de su época.


Nota de Susana Marín. May. 2014

Poema original: Finjamos Que Soy Feliz

Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quizá prodréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario,
que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.

Sírvame el entendimiento
alguna vez de descanso,
y no siempre esté el ingenio
con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones
de pareceres tan varios,
que lo que el uno que es negro
el otro prueba que es blanco.

A unos sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado;
y lo que éste por alivio,
aquél tiene por trabajo.

El que está triste, censura
al alegre de liviano;
y el que esta alegre se burla
de ver al triste penando.

Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron:
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.

Célebre su oposición
ha sido por siglos tantos,
sin que cuál acertó, esté
hasta agora averiguado.

Antes, en sus dos banderas
el mundo todo alistado,
conforme el humor le dicta,
sigue cada cual el bando.

Uno dice que de risa
sólo es digno el mundo vario;
y otro, que sus infortunios
son sólo para llorados.

Para todo se halla prueba
y razón en qué fundarlo;
y no hay razón para nada,
de haber razón para tanto.

Todos son iguales jueces;
y siendo iguales y varios,
no hay quien pueda decidir
cuál es lo más acertado.

Pues, si no hay quien lo sentencie,
¿por qué pensáis, vos, errado,
que os cometió Dios a vos
la decisión de los casos?

O ¿por qué, contra vos mismo,
severamente inhumano,
entre lo amargo y lo dulce,
queréis elegir lo amargo?

Si es mío mi entendimiento,
¿por qué siempre he de encontrarlo
tan torpe para el alivio,
tan agudo para el daño?

El discurso es un acero
que sirve para ambos cabos:
de dar muerte, por la punta,
por el pomo, de resguardo.

Si vos, sabiendo el peligro
queréis por la punta usarlo,
¿qué culpa tiene el acero
del mal uso de la mano?

No es saber, saber hacer
discursos sutiles, vanos;
que el saber consiste sólo
en elegir lo más sano.

Especular las desdichas
y examinar los presagios,
sólo sirve de que el mal
crezca con anticiparlo.

En los trabajos futuros,
la atención, sutilizando,
más formidable que el riesgo
suele fingir el amago.

Qué feliz es la ignorancia
del que, indoctamente sabio,
halla de lo que padece,
en lo que ignora, sagrado!

No siempre suben seguros
vuelos del ingenio osados,
que buscan trono en el fuego
y hallan sepulcro en el llanto.

También es vicio el saber,
que si no se va atajando,
cuando menos se conoce
es más nocivo el estrago;
y si el vuelo no le abaten,
en sutilezas cebado,
por cuidar de lo curioso
olvida lo necesario.

Si culta mano no impide
crecer al árbol copado,
quita la sustancia al fruto
la locura de los ramos.

Si andar a nave ligera
no estorba lastre pesado,
sirve el vuelo de que sea
el precipicio más alto.

En amenidad inútil,
¿qué importa al florido campo,
si no halla fruto el otoño,
que ostente flores el mayo?

¿De qué sirve al ingenio
el producir muchos partos,
si a la multitud se sigue
el malogro de abortarlos?

Y a esta desdicha por fuerza
ha de seguirse el fracaso
de quedar el que produce,
si no muerto, lastimado.

El ingenio es como el fuego,
que, con la materia ingrato,
tanto la consume más
cuando él se ostenta más claro.

Es de su propio Señor
tan rebelado vasallo,
que convierte en sus ofensas
las armas de su resguardo.

Este pésimo ejercicio,
este duro afán pesado,
a los ojos de los hombres
dio Dios para ejercitarlos.

¿Qué loca ambición nos lleva
de nosotros olvidados?
Si es para vivir tan poco,
¿de qué sirve saber tanto?
¡Oh, si como hay de saber,
hubiera algún seminario
o escuela donde a ignorar
se enseñaran los trabajos!

¡Qué felizmente viviera
el que, flojamente cauto,
burlara las amenazas
del influjo de los astros!

Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso,
tanto le usurpo a los años.