Canto de un dios mineral, Jorge Cuesta

Hablamos de un Dios que es omnipotente y con un solo gesto altera el tiempo, el clima, como el mar cuando está en calma o se encrespa. Puedo hacer que en el azul del cielo el aire corra libre, loco, ante la admiración del hombre. Todo deseo y acto que nace de ese Dios está basado en el amor, pero lo hace desde la soledad y meditando profundamente, siendo consciente de lo que hace.

Ese Dios es un creador de la nada, como un escultor que transforma un bloque de mármol en una escultura, buscando que lo hecho sea hermoso y guste. La mayoría de los actos realizados por él no se ven a simple vista. Pueden ser grandiosos o pequeños, pero son apreciables. Creador de las montañas donde la nieve cubre sus cumbres y las nubes tocan, como si fueran la espuma de mar, los picos.

En magma que corre en el interior de la tierra crea los diferentes minerales y cristales. Los volcanes escupen el magma, ese que fuego emana del cráter, cuya forma se al seno de una mujer. También da color a las nubes, de manera temporal, pero ese color no es natural en ella y se deshace, se desvanece buscando su blanco original, su blancura de nube.

Todo pasa y nada se mantiene. El agua, tranquila, siempre vuelve a su estado y refleja lo que le rodea, nuestro rostro. Los espejos, como el agua, reflejan la imagen de uno y de lo que abarca el propio espejo y es como una fotografía donde se para el tiempo.

Una isla es un lugar donde el tiempo deja de tener sentido. Sólo notamos el agua y sentimos el pasar de los días. Aun así, el agua refleja nuestra imagen como si fuera una sola. El agua toma una parte de nosotros y nosotros de ella. El rocío tampoco permanece en los pétalos de las flores. El aire mueve las gotas dejando que el color original brote con todo su esplendor.

Las olas, al llegar a la orilla son transparentes y hacen que la imagen que vemos a través del agua sea mucho más transparente, más nítida y brillante. El agua retorna también al cielo y cuando estalla la tormenta y el relámpago ilumina la superficie del agua, sentimos la inmensidad del mar. La imagen que vemos desaparece y soñamos con que sea algo fantástico que ha sucedido.

También nos hace sentir la fugacidad de nuestra vida, de nuestro cuerpo. No debemos perdernos en la fantasía eternamente. Debemos ser realistas y ser conscientes de que cada día es un paso hacia la muerte. Debemos evitar que otras personas nos quiten energía porque nos debilita y oscurece, entristecen nuestra alma.

El amor es algo que esconde, en ocasiones, la mentira detrás de la pasión y cuando desaparece de una manera abrupta puede dejarnos completamente abatidos y sin fuerzas. La memoria también es traicionera por qué, muchas veces, pecamos de modificar los recuerdos para hacerlos más amables.

El ser humano sueña con hacer lo que desea, pero hay que diferenciar entre lo que deseamos hacer y el cómo hemos de hacer aquello que deseamos. Por eso, el ser humano tiene que pararse a pensar, escudriñar en lo más profundo de su ser para extraer lo mejor y desechar lo negativo.

Profundizar en uno mismo supone también darse cuenta de los errores y virtudes y encontrar esa luz en nuestra alma después de vivir en la oscuridad. Es importante apartar de nosotros todo sentimiento negativo porque eso se refleja en nosotros, en nuestro físico y en nuestra forma de hablar.

Aun así, no es fácil llegar a ese punto. Nuestro yo interior es difícil que salga a menos que nos esforcemos. Tampoco debemos dejarnos llevar por la ensoñación porque nos paramos demasiado en la búsqueda sin llegar a una conclusión. Pensar, soñar demasiado, agota. Todo ese autoconocimiento implica un cambio, incluso en nuestra forma de hablar, creando ese nuevo lenguaje del que habla el poeta.

El lenguaje nos acerca a los demás y cuando más nos comunicamos, más sentimos que deseamos hacerlo por más tiempo. Hablar nos hace libres, felices. El lenguaje puede emocionar y ser más fuerte que una piedra. Mientras existamos, nuestra voz jamás desaparecerá. El tiempo es eterno, pero sí se detiene en cada uno de nosotros en algún momento de nuestro camino para que la muerte nos lleve con ella. En ese momento la voz muere, desaparece, arde y sólo queda el silencio, la nada.

Las únicas voces que se escucharán serán las de las personas que acompañan al muerto al cementerio, entre sus caminos, como si fueran vetas de una piedra o de un árbol. Cuando morimos no desaparecemos porque iniciamos un camino nuevo donde todo es desconocido y el amor está presente. Es por ello que cada mañana que vivimos es algo único, hermoso y musical y la vida se nos abre como una flor que aprender a conocer. Somos dueños de nuestro tiempo y está en nuestra mano disipar todos los miedos y vivir.


Nota de Susana Marín.
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Poema original: Canto de un dios mineral

Capto la seña de una mano, y veo 1
que hay una libertad en mi deseo; 2
ni dura ni reposa; 3
las nubes de su objeto el tiempo altera 4
como el agua la espuma prisionera 5
de la masa ondulosa. 6

Suspensa en el azul la seña, esclava 7
de la más leve onda, que socava 8
el orbe de su vuelo, 9
se suelta y abandona a que se ligue 10
su ocio al de la mirada que persigue 11
las corrientes del cielo. 12

Una mirada en abandono y viva, 13
si no una certidumbre pensativa, 14
atesora una duda; 15
su amor dilata en la pasión desierta 16
sueña en la soledad y está despierta 17
en la conciencia muda. 18

Sus ojos, errabundos y sumisos, 19
el hueco son, en que los fatuos rizos 20
de nubes y de frondas 21
se apoderan de un mármol de un instante 22
y esculpen la figura vacilante 23
que complace a las ondas. 24

La vista en el espacio difundida, 25
es el espacio mismo, y da cabida 26
vasto y nimio al suceso 27
que en las nubes se irisa y se desdora 28
e intacto, como cuando se evapora, 29
está en las ondas preso. 30

Es la vida allí estar, tan fijamente, 31
como la helada altura transparente 32
lo finge a cuanto sube 33
hasta el purpúreo límite que toca, 34
como si fuera un sueño de la roca, 35
la espuma de la nube. 36

Como si fuera un sueño, pues sujeta, 37
no escapa de la física que aprieta 38
en la roca la entraña, 39
la penetra con sangres minerales 40
y la entrega en la piel de los cristales 41
a la luz, que la daña. 42

No hay solidez que a tal prisión no ceda 43
aun la sombra más íntima que veda 44
un receloso seno 45
¡en vano!; pues al fuego no es inmune 46
que hace entrar en las carnes que desune 47
las lenguas del veneno. 48

A las nubes también el color tiñe, 49
túnicas tintas en el mal les ciñe, 50
las roe, las orada, 51
y a la crítica muestra, si las mira, 52
por qué al museo su ilusión retira 53
la escultura humillada. 54

Nada perdura, ¡oh, nubes!, ni descansa. 55
Cuando en un agua adormecida y mansa 56
un rostro se aventura, 57
igual retorna a sí del hondo viaje 58
y del lúcido abismo del paisaje 59
recobra su figura. 60

Íntegra la devuelve el limpio espejo, 61
ni otra, ni descompuesta en el reflejo 62
cuyas diáfanas redes 63
suspenden a la imagen submarina, 64
dentro del vidrio inmersa, que la ruina 65
detiene en sus paredes. 66

¡Qué eternidad parece que le fragua, 67
bajo esa tersa atmósfera de agua, 68
de un encanto el conjuro 69
en una isla a salvo de las horas, 70
áurea y serena al pie de las auroras 71
perennes del futuro! 72

Pero hiende también la imagen, leve, 73
del unido cristal en que se mueve 74
los átomos compactos: 75
se abren antes, se cierran detrás de ella 76
y absorben el origen y la huella 77
de sus nítidos actos. 78

Ay, que del agua el imantado centro 79
no fija al hielo que se cuaja adentro 80
las flores de su nado; 81
una onda se agita, y la estremece 82
en una onda más desaparece 83
su color congelado. 84

La transparencia a sí misma regresa 85
y expulsa a la ficción, aunque no cesa; 86
pues la memoria oprime 87
de la opaca materia que, a la orilla, 88
del agua en que la onda juega y brilla, 89
se entenebrece y gime. 90

La materia regresa a su costumbre. 91
Que del agua un relámpago deslumbre 92
o un sólido de humo 93
tenga en un cielo ilimitado y tenso 94
un instante a los ojos en suspenso, 95
no aplaza su consumo. 96

Obscuro perecer no la abandona 97
si sigue hacia una fulgurante zona 98
la imagen encantada. 99
Por dentro la ilusión no se rehace; 100
por dentro el ser sigue su ruina y yace 101
como si fuera nada. 102

Embriagarse en la magia y en el juego 103
de la áurea llama, y consumirse luego, 104
en la ficción conmueve 105
el alma de la arcilla sin contorno: 106
llora que pierde un venturero adorno 107
y que no se renueve. 108

Aun el llanto otras ondas arrebatan, 109
y atónitos los ojos se desatan 110
del plomo que acelera 111
el descenso sin voz a la agonía 112
y otra vez la mirada honda y vacía 113
flota errabunda fuera. 114

Con más encanto si más pronto muere, 115
el vivo engaño a la pasión se adhiere 116
y apresura a los ojos 117
náufragos en las ondas ellos mismos, 118
al borde a detener de los abismos 119
los flotantes despojos. 120

Signos extraños hurta la memoria, 121
para una muda y condenada historia, 122
y acaricia las huellas 123
como si oculta obcecación lograra, 124
a fuerza de tallar la sombra avara 125
recuperar estrellas. 126

La mirada a los aires se transporta, 127
pero es también vuelta hacia adentro, absorta, 128
el ser a quien rechaza 129
y en vano tras la onda tornadiza 130
confronta la visión que se desliza 131
con la visión que traza. 132

Y abatido se esconde, se concentra, 133
en sus recónditas cavernas entra 134
y ya libre en los muros 135
de la sombra interior de que es el dueño 136
suelta al nocturno paladar el sueño 137
sus sabores obscuros. 138

Cuevas innúmeras y endurecidas, 139
vastos depósitos de breves vidas, 140
guardan impenetrable 141
la materia sin luz y sin sonido 142
que aún no recoge el alma en su sentido 143
ni supone que hable. 144

¡Qué ruidos, qué rumores apagados 145
allí activan, sepultos y estrechados, 146
el hervor en el seno 147
convulso y sofocado por un mudo! 148
Y graba al rostro su rencor sañudo 149
y al lenguaje sereno. 150

Pero, ¡qué lejos de lo que es y vive 151
en el fondo aterrado y no recibe 152
las ondas todavía 153
que recogen, no más, la voz que aflora 154
de una agua móvil al rielar que dora 155
la vanidad del día! 156

El sueño, en sombras desasido, amarra 157
la nerviosa raíz, como una garra 158
contráctil o bien floja; 159
se hinca en el murmullo que la envuelve, 160
o en el humor que sorbe y que disuelve 161
un fijo extremo aloja. 162

Cómo pasma a la lengua blanda y gruesa, 163
y asciende un burbujear a la sorpresa 164
del sensible oleaje: 165
su espuma frágil las burbujas prende, 166
y las prueba, las une, las suspende 167
la creación del lenguaje. 168

El lenguaje es sabor que entrega al labio 169
la entraña abierta a un gusto extraño y sabio: 170
despierta en la garganta; 171
su espíritu aun espeso al aire brota 172
y en la líquida masa donde flota 173
siente el espacio y canta. 174

Multiplicada en los propicios ecos 175
que afuera afrontan otros vivos huecos 176
de semejantes bocas, 177
en su entraña ya vibra, densa y plena, 178
cuando allí late aún, y honda resuena 179
en las eternas rocas. 180

Oh, eternidad, oh, hueco azul, vibrante 181
en que la forma oculta y delirante 182
su vibración no apaga, 183
porque brilla en los muros permanentes 184
que labra y edifica transparentes, 185
la onda tortuosa y vaga. 186

Oh, eternidad, la muerte es la medida, 187
compás y azar de cada frágil vida, 188
la numera la Parca. 189
Y alzan tus muros las dispersas horas, 190
que distantes o próximas, sonoras 191
allí graban su marca. 192

Denso el silencio trague al negro, obscuro 193
rumor, como el sabor futuro 194
sólo la entraña guarde 195
y forme en sus recónditas moradas, 196
su sombra ceda formas alumbradas 197
a la palabra que arde. 198

No al oído que al antro se aproxima 199
que al banal espacio, por encima 200
del hondo laberinto 201
las voces intrincadas en sus vetas 202
originales vayan, más secretas 203
de otra boca al recinto. 204

A otra vida oye ser, y en un instante 205
la lejana se une al titubeante 206
latido de la entraña; 207
al instinto un amor llama a su objeto; 208
y afuera en vano un porvenir completo 209
la considera extraña. 210

El aire tenso y musical espera; 211
y eleva y fija la creciente esfera, 212
sonora, una mañana: 213
la forman ondas que juntó un sonido, 214
como en la flor y enjambre del oído 215
misteriosa campana. 216

Ése es el fruto que del tiempo es dueño; 217
en él la entraña su pavor, su sueño 218
y su labor termina. 219
El sabor que destila la tiniebla 220
es el propio sentido, que otros puebla 221
y el futuro domina. 222

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